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PERSUM Clínica de Psicoterapia y Personalidad
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La relación terapéutica dentro de la Psicoterapia Integradora

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La relación terapéutica dentro de la Psicoterapia Integradora

DISOCIACIÓN, MENTALIZACIÓN Y RELACIÓN TERAPÉUTICA. UNA VISIÓN INTEGRATIVA DE LA PSICOTERAPIA

Muchas concepciones recientes del desarrollo del self han hecho hincapié en los orígenes relacionales de la organización psíquica y en la relevancia central de la interacción y comunicación afectiva entre el infante y sus cuidadores en términos de la estructuración de la personalidad (Sassenfeld, 2012).

El niño está motivado desde el nacimiento para implicarse en la conciencia de otras personas y así entrar a formar parte de propósitos elaborados que le permitan entenderse con ellas (Trevarthen, 2003 y 2011). Para Siegel (2007) las relaciones de los primeros años de vida facilitan o inhiben el impulso de dar coherencia a la experiencia y modelan las estructuras cerebrales con las que construimos la realidad.

La teoría del apego es un modelo biopsicosocial que trata de describir y explicar la forma en que los seres humanos nos relacionamos con los otros significativos. Esta forma de relacionarse es aprendida durante la infancia temprana y sirve de molde para todas las relaciones íntimas, durante la vida de las personas (Fonagy y Lorencini).

John Bowlby es el padre de la teoría del apego. Trató y estudió a niños delincuentes, detalló el impacto de las separaciones prolongadas en la primera infancia, estudió el estado emocional de los niños que se quedaron sin hogar tras la Segunda Guerra Mundial y presenció la devastación psíquica que se producía cuando los niños se separaban de sus padres a causa de una hospitalización prolongada. Sin embargo, Bowlby sabía  que en mayor medida que el trauma de la separación y la pérdida, lo que conformaba el desarrollo psicológico era la continua interacción cotidiana de los niños con sus padres (Wallin, 2012).

Ainsworth identificó de modo preliminar los tipos de interacción progenitor-hijo que conducen a un apego seguro, así como las variedades de apego inseguro. La clave de la seguridad o inseguridad radicaba en los patrones de comunicación entre el niño y el progenitor. Fue la artífice del concepto base segura, cuya presencia denota seguridad implícita en una capacidad equilibrada de exploración y apego,  y desempeñó un papel esencial en la extensión del apego más allá de la proximidad, con el fin de incluir la influencia de las expectativas del niño respecto del cuidador, expectativas que se plasman en las representaciones mentales que Bowlby denominó modelos funcionales internos (Wallin, 2012).

Mary Main interpretará las modalidades de apego encontradas en los niños como “estrategias adaptativas” a las condiciones de cuidados en las que se crían y, en este sentido, piensa que “los patrones inseguros de apego organizado –el evitativo y el ambivalente-resistente– pueden ser considerados como estrategias… para mantener la proximidad con un padre cuya… respuesta es inconsistente o limitada” (Fernández, 2002).

El self se configura entorno al eje conexión/desconexión emocional. La experiencia de vinculación, en esa zona de conexión y diferenciación  con los otros y con el mundo, es la gran reguladora de la emoción. El ser humano necesita de la experiencia de vinculación como reguladora de su sistema emocional para un sistema armonioso del sí mismo –citando a Bowlby- (Rodríguez y cols. 2005). La gestión del equilibrio de necesidades entre el alineamiento del estado mental y las prohibiciones parentales es un aspecto que influye en cómo adquirirá el niño la capacidad de autorregularse (Siegel 2007).

Citando a Shore, Siegel (2007) señala que la vergüenza (como una activación del sistema parasimpático ante un “no” externo cuando el sistema simpático está muy cargado, un “venga” interno) es una emoción esencial para aprender a organizar el self, autocontrolarse, y modular las emociones y la conducta de forma prosocial. Sin embargo, las interacciones que producen vergüenza, emparejadas con la ira parental sostenida y/o la falta de reparación de la conexión, conducen a la humillación, que para Shore sería toxica para el cerebro.

De acuerdo con Sassenfeld (2012), puede asumirse que la mantención del flujo de la comunicación emocional incluye tres procesos relacionales distintos: entonamiento afectivo o coordinación de estados afectivos, disrupción o falla de la coordinación de estados afectivos, y reparación o restablecimiento de la coordinación de estados afectivos. Las díadas que minimizan el tiempo que el niño pasa en estados emocionales disruptivos y maximizan, a la vez, el tiempo que pasa en estados afectivos positivos no lo logran mediante la negación o evitación de las emociones negativas, sino más bien a través del procesamiento diádico reparador de los estados emocionales disruptivos que es fundamental porque le enseña al niño de modo no-verbal e implícito que las emociones negativas pueden ser toleradas y transformadas en el marco de relaciones entonadas. Rodríguez y cols. señalan que de esa forma se van almacenando en las redes neuronales que constituyen la memoria emocional y motora (memoria implícita) experiencias de transiciones de un estado a otro.

Por contra, una característica de los ambientes invalidantes, siguiendo la definición de Linehan que recoge Estalayo, es la tendencia a responder errática e inapropiadamente a la experiencia privada (por ejemplo, a las creencias, pensamientos, sentimientos y sensaciones del niño) y, en particular, a ser insensible frente a la experiencia privada no compartida con el grupo. Los ambientes invalidantes tienden a responder de una manera exagerada (por ejemplo, reaccionar exageradamente o demasiado poco) a la experiencia que sí es compartida por el grupo.

Young (2013) habla de necesidades emocionales nucleares universales: vínculos seguros con los demás (incluye seguridad, estabilidad, cuidados y aceptación); autonomía, competencia y sentido de identidad; libertad para expresar necesidades y emociones válidas; espontaneidad y juego; límites realistas y autocontrol. Las experiencias infantiles tóxicas serían para Young la frustración tóxica de necesidades, la traumatización o victimización, el exceso en la satisfacción de algunas necesidades, como en la sobreprotección o en la libertad y autonomía sin límites y la identificación con el adulto tóxico.

En este artículo entendemos por acontecimientos traumáticos no solo los acontecimientos grandes y discretos, sino también los traumas microscópicos y repetitivos que tienen que ver con el fracaso de los padres para atender y responder a las necesidades emocionales de sus hijos (Rodríguez y cols. 2005). Mosquera y cols., citando Schuder y Lyons-Ruth, defienden que muchas de las amenazas percibidas en la infancia provienen más de las señales afectivas y de la accesibilidad del cuidador que del nivel real de peligro físico o el riesgo para la supervivencia. Estos autores aluden a los llamados “traumas ocultos”, aquellos que se refieren a la incapacidad del cuidador para modular la desregulación afectiva. Para Salvador, en estos casos, el niño no dispondría de relaciones personales que le ayuden a consolidar un sentido del sí mismo como digno y valioso.

Falto de un contexto intersubjetivo integrador, afectuoso, contenedor y modulador, el niño traumatizado debe disociar el sentimiento doloroso de sus experiencias, lo que da a menudo como resultado estados psicosomáticos o divisiones entre la experiencia subjetiva de mente y cuerpo, o citando a Modell, el replegamiento tras un escudo protector a salvo de las heridas potenciales que podrían resultar de sus vínculos con otras personas. La ausencia de empatía validadora sería el aspecto central del trauma psíquico (Stolorow y Atwood, 1992).

Para Siegel (2007) el fracaso en el establecimiento de una relación de reciprocidad en las respuestas emocionales entre el niño y el cuidador puede influir en la tendencia del niño a ser emocionalmente inconsciente o a expulsar de la conciencia ciertos contenidos emocionales. Esta es la característica central de la disociación. Es posible que en estas situaciones la disociación actúe como un mecanismo que defiende al individuo para no sentirse desbordado por ciertos sentimientos violentos y pobremente diferenciados (Rodríguez y cols.2005).

Las investigaciones del apego han mostrado que no son raros en las muestras de adultos no clínicas sutiles procesos disociativos relacionados con recuerdos traumáticos de sus relaciones de apego. En muestras de alto riesgo, como en familias violentas o en casos clínicos, el porcentaje crece enormemente (Baselga, 2007).

NEUROBIOLOGÍA RELACIONAL Y DISOCIACION

El cerebro se va conformando dentro de un sistema de interconexiones que incluye al niño, a los cuidadores y a la comunidad social más amplia. Dado el largo periodo de dependencia que los primates necesitan para poder sobrevivir, el cerebro va evolucionando, madurando y elaborando redes neuronales para interactuar con otros, para leer sus mentes y para predecir sus intenciones. Esos sistemas de apego, predicción y comunicación son tres funciones del cerebro social (Rodríguez y cols.).

El neurocientífico MacLean pone de manifiesto nuestra conexión evolutiva con reptiles y mamíferos inferiores cuando diferencia en el cerebro humano tres partes filogenéticamente diferentes: el cerebro reptiliano (tronco cerebral), cerebro paleomamífero (sistema límbico) y el neomamífero (córtex). Sólo el cerebro neomamífero es capaz de conciencia y de comunicación verbal, mientras que el cerebro reptiliano y el paleomamífero son cerebros no verbales pero que influyen a un nivel no consciente en el procesamiento del cerebro neomamífero (Rodríguez y cols.).

Como apunta Wallin (2012) el tronco encefálico debe menos a la experiencia que cualquier otra parte del cerebro. Su función es regular las funciones corporales básicas y activar los reflejos, incluidos aquellos que impulsan el apego. Modula la excitación y regula el sistema nervioso autónomo (SNA). Los niveles elevados de excitación se relacionan con el sistema simpático, que nos prepara para la lucha o la huida. Los bajos niveles de excitación se asocian con la activación del sistema parasimpático, que conduce a la inmovilización.

El sistema límbico, a veces denominado “cerebro emocional”, es donde procesamos las emociones. Alberga dos estructuras fundamentales responsables de las reacciones viscerales ante la experiencia. La amígdala, puerta sensorial y el nervio vago del tronco encefálico, que nos aporta consciencia sensorial de las vísceras.

Al indicar al tronco encefálico que active el sistema nervioso simpático, la amígdala traduce las evaluaciones casi instantáneas de peligro  en reacciones físicas que preparan al cuerpo para la huida o la lucha.  Aunque algunas reacciones  se basan en universales biológicos, el resto está condicionado por las particularidades de la historia personal.

La Teoría Polivagal de Porges nos brinda la oportunidad de ver la relación entre el cerebro y los procesos fisiológicos del cuerpo. En el tronco del encéfalo nace el nervio vago que modula las respuestas en situaciones percibidas como seguras o peligrosas. Desde el punto de vista neurobiológico, ante una demanda peligrosa o adversa para el organismo, la rama simpática del sistema nervioso autónomo toma el mando y facilita que se produzca la respuesta de lucha o huida. Si esto no nos sirve de ayuda, reclutamos los viejos circuitos vagales amielínicos y nos apagamos (disociamos).

Pero para que la afiliación, el cuidado y la parentalidad sean posibles, es necesario que se produzca una implicación positiva en la relación, sin respuestas de defensa o de ataque. El llamado “freno-vagal” cuyo desarrollo es dependiente de las experiencias vividas, permite la modulación de la respuesta de pelea o huida. De esa forma actuando, por ejemplo sobre la respuesta cardíaca, el “freno vagal” crea modos alternativos de autotranquilización. Este sistema permite el desarrollo de relaciones de cooperación, pese a conflictos o desacuerdos transitorios con los demás (Rodríguez y cols.).

Porges acuñó el término neuropercepción para enfatizar un proceso neural diferente a la percepción a través del cual nuestro sistema nervioso evalúa continuamente los riesgos. La neuropercepción puede alterarse porque las memorias traumáticas (aquellas no procesadas adaptativamente y almacenadas disfuncionalmente en el cerebro) se mantienen en el presente en su estado perturbador original haciendo que la persona “viva en tiempo de trauma”. Todas las raíces y las premisas asociadas con apego se rompen. Sin embargo, si una persona ha tenido un desarrollo con apego seguro, entonces tendrá un amortiguador contra el trauma (Jarero, 2014).

El hipocampo modula la tendencia de la amígdala a reacciones indiscriminadas, incontroladas e irascibles, es el freno que activa el sistema nervioso parasimpático, lo que nos permite tranquilizarnos cuando la emergencia se evalúa como falsa alarma (Siegel 2007). De acuerdo con Wallin (2012), los recuerdos que se registran con ayuda del hipocampo, a partir del segundo año de vida, son explícitos y lingüísticamente recuperables. Los vínculos seguros permiten que el hipocampo en desarrollo equilibre la reactividad de la amígdala del niño, el trauma agudo y relacional pueden paralizar temporalmente el hipocampo o inhibir su desarrollo, dejando más o menos inmovilizada la reactividad de la amígdala supervigilante

El neocórtex, común a los primates, interpreta la experiencia y organiza nuestra interacción con el mundo. Es la última parte del cerebro que surge tanto en el plano evolutivo como en el desarrollo individual y madura paulatinamente con la adicción de experiencias y nuevos aprendizajes, casi a lo largo de toda la vida. El córtex frontal puede concebirse como el cerebro ejecutivo, aporta el sustrato neuronal para las dimensiones simbólicas/representacionales, reflexiva, y atenta del yo. El área más avanzada es el córtex prefrontal. Se divide en dos zonas principales. La primera, especializada en la inteligencia cognitiva, es la zona dorsolateral que forma red con el hipocampo y el hemisferio izquierdo. La segunda, especializada en la inteligencia emocional  es una zona denominada “córtex prefrontal medio”, conectado con la amígdala y el hemisferio derecho.

Citando a Van der Kolk, Wallin (2012) apunta que la zona dorsolateral se ha descrito como la mente racional. Nos permite reflexionar de manera consciente sobre la experiencia, enfocando la atención deliberadamente hacia las percepciones, recuerdos o ideas, basándose en nuestras representaciones mentales del pasado, el presente y el futuro.

El córtex prefrontal medio es una zona integradora que enlaza el cuerpo, el tronco encefálico, el sistema límbico y el córtex. Siegel y Shore han propuesto esta zona como mediadora de la conducta de apego, la regulación del afecto, la comunicación social y la mentalización. Destaca en particular el córtex orbitofrontal que, en palabras de Cozolino, puede ser tanto una extensión del sistema límbico como parte del córtex. Para Coleman “la parte pensante del cerebro emocional”, desempeña un papel fundamental en la regulación del afecto, concebida como la finalidad y la consecuencia del apego seguro.  Además de responder a las expresiones faciales amenazadoras, al igual que la amígdala, contextualiza la amenaza y determina su grado, cosa que la amígdala no hace. Este tipo de regulación facilita tanto la autorregulación como la vinculación social. A la inversa, un deterioro o déficit, se asocia con la dificultad de gestionar las propias emociones, evaluar el impacto de uno mismo en los demás, y de responder adecuadamente a los estados anímicos y las señales sociales. La capacidad de síntesis corporal, emocional y cognitiva es esencial para la actitud de actualizar los modelos internos y sintonizar con las personas (Wallin 2012).

El sistema de neuronas espejo proporciona un marco de comprensión de la cognición social y del cerebro social a nivel celular. Este sistema localizado inicialmente en el área de Broca de la corteza prefrontal en los monos, se ha identificado en humanos en el área de Broca, corteza premotora, surco temporal superior y corteza parietal posterior. Se activa bien cuando uno mismo hace una acción o bien cuando observa una acción intencional en otro individuo. Establece un puente entre percepción y movimiento y conecta al observador con lo que es observado. Las neuronas espejo son la base de la resonancia emocional, la sintonía y la empatía afectivas (Rodríguez y cols.).

Por otra parte, la especialización de funciones de los hemisferios cerebrales ha permitido un sistema de procesamiento de la información más sofisticado. El hemisferio izquierdo está especializado en las funciones relacionadas con el lenguaje (hablado y escrito) y con el afrontamiento consciente y la resolución de problemas. El hemisferio derecho está más implicado en la evaluación del peligro y la seguridad, la organización de la corporalidad y con los aspectos emocionales del self. Es por ello que el hemisferio derecho suele estar más asociado con el proceso mental no consciente. El hemisferio derecho también parece madurar más durante los primeros 18 meses de vida en paralelo con el rápido crecimiento de las capacidades motoras y sensoriales y el establecimiento de las estructuras del apego y la regulación emocional. Durante este periodo la comunicación es, fundamentalmente, no verbal. Las experiencias interpersonales tempranas infantiles tendrán una amplia repercusión en el desarrollo posterior del sujeto, ya que éste es un gran periodo de crecimiento neuronal . Durante este tiempo el crecimiento del hemisferio izquierdo está más ralentizado, y sólo se produce una explosión  de maduración a partir del segundo año (Rodríguez y cols.).

Funcionalmente, para Siegel (2007) el cerebro es un sistema complejo que trabaja mediante el flujo de energía electro-química e información, que fluye a través de sus diferentes partes. Cuando el cerebro está funcionando bien, esas partes diferentes se conectan; y a esa conexión de partes diferentes se le llama integración.

Los vínculos sanos de apego son necesarios para el desarrollo y la integración de las funciones del hemisferio derecho y el izquierdo, así como de las funciones límbicas y corticales. Estas variedades de integración cortical (izquierda/derecha y abajo/arriba) son el corolario neuronal de la integración psicológica fruto del apego seguro que impulsa la experiencia subjetiva de una mente corporizada y un cuerpo consciente (Wallin 2012).

Citando a Siegel, Jarero (2014) dice que el trauma psicológico o estrés traumático afecta/daña la función integrativa del cerebro. De ahí que sus diferentes partes no sean capaces de conectarse adaptativamente Si el trauma ocurre durante el desarrollo de cualquiera de las tres regiones integrativas del cerebro, antes mencionadas, estas regiones podrán ser inhibidas en su crecimiento o destruidas sus neuronas por la neurotoxicidad del cortisol.

Un amplio conjunto de observaciones clínicas e investigaciones psiquiátricas sugiere enfáticamente que la consecuencia de mayor significación del trauma relacional temprano es la falla del niño a la hora de desarrollar la capacidad para auto-regular la intensidad y duración del estrés emocional. El principio de que el maltrato en la niñez está asociado con influencias adversas sobre el desarrollo del cerebro hace referencia de manera específica a una perturbación de un circuito superior de regulación emocional en el lado derecho del cerebro (Shore 2010).

La investigación sugiere que la emoción sirve como un proceso central de organización dentro del cerebro. La capacidad para organizar las emociones -producto, en parte, de las relaciones de apego- modela directamente la habilidad de la mente para integrar la experiencia y adaptarse a estresores futuros (Siegel, 2007). De este modo, los patrones de apego reflejan la traducción de la experiencial interpersonal en la estructura biológica. Los estilos de apego seguro ayudan a construir el cerebro de forma que se optimizan las redes neuronales de integración, el sistema de alerta autonómico y las respuestas de afrontamiento positivo.

Siegel sugiere que la estrategia de regulación emocional desactivadora (sobrerregulación) se reflejaría en una tendencia a la activación del hemisferio izquierdo y el sistema nervioso parasimpático. Quedarían disociadas las emociones, las satisfacciones y los deseos asociados a los vínculos íntimos. La estrategia de regulación emocional hiperactivadora (infraregulación) se reflejaría en una tendencia a la activación del hemisferio derecho y el sistema nervioso simpático y parece organizarse en torno a la búsqueda de proximidad, ya que el niño aprende que la amplificación de sus afectos incrementa la probabilidad de recabar la atención de sus padres manteniendo el sistema de apego activado de manera crónica. Los adultos más disociativos utilizarían estrategias de regulación emocional desactivadoras e hiperactivadoras, y se verían invadidos por impulsos contradictorios, eludiendo la proximidad por miedo al ataque al tiempo que recurren desesperadamente a los demás por miedo al abandono (Wallin, 2012). En todos los casos se produciría una desregulación emocional ya que quedaría más o menos comprometida la capacidad del córtex prefrontal para llevar a cabo una síntesis corporal, emocional y cognitiva.

En resumen, las emociones abrumadoras que no han sido monitorizadas y validadas por nuestros cuidadores quedarían “encapsuladas” en la amígdala en forma de recuerdos emocionales presimbólicos no conscientes que sesgarían nuestras evaluaciones de la experiencia presente. Por otra parte, el cerebro en desarrollo improntaría no sólo los estados afectivos más o menos abrumadores que se encuentran en el corazón del trauma de apego, sino también la defensa primitiva utilizada contra tales afectos, la estrategia regulatoria de la disociación, en sus diferentes grados,  y sus efectos en los procesos de regulación emocional.

SISTEMAS DE MEMORIA, CONDICIONAMIENTO DEL MIEDO Y DISOCIACION

El desarrollo del niño preverbal, hasta los 18 meses de edad, se produce en el campo del saber implícito, que es un saber no simbólico, procedimental y no consciente. Comprende la comunicación no verbal, los movimientos del cuerpo y las sensaciones, pero también afectos y palabras entre líneas. El saber implícito se creía que dominaba en los primeros años de la vida y que posteriormente se iba trasponiendo a conocimiento explícito. Pero hoy se admite que conocimiento implícito y explícito conviven uno con el otro a lo largo de la vida (Rodríguez y cols.).

Para Jarero (2014), la memoria implícita se deduce por su uso, pero que no necesariamente ni habitualmente se acompaña de conciencia alguna. Un aspecto clave es que opera de un modo automático, de ahí que no necesitamos poner atención consciente para codificar estas memorias o para recuperarlas. Este sistema involucra partes del cerebro como la amígdala y funciona independientemente del hipocampo. El sistema de memoria implícita se encuentra funcionando (codificando) desde el tercer trimestre de gestación y continúa activo cada día durante el resto de nuestra vida. En el sistema de memoria implícita se codifican las memorias emocionales con sus correspondientes sensaciones corporalesviscerales; las memorias sensoperceptuales: vista, olfato, sonido, tacto (que incluye tocar o ser tocado en cualquier lugar del cuerpo) y gusto y las memorias motoras (de movimiento/acción).

El sistema de memoria explícita o declarativa se refiere a la evocación consciente y a la verbalización. Más o menos a los 18 meses de edad (que es el tiempo de maduración del hipocampo, que permite la codificación de la memoria explícita) el ser humano comienza a desarrollar la memoria explícita en sus dos formas: la memoria de hechos y la memoria episódica, cuando nos ubicamos en el tiempo en un episodio de nuestra vida. A las agrupaciones de la memoria episódica se les llama memoria autobiográfica, un sistema de memoria que nos da la sensación de ser uno mismo a través del tiempo.

La amígdala, que constituye tanto un órgano de memoria como de evaluación, registra la experiencia en forma de recuerdos emocionales presimbólicos no conscientes. Estos vestigios del pasado (sobre todo del pasado traumático), lingüísticamente inaccesibles y situados al margen de la conciencia, sesgan nuestras evaluaciones de la experiencia presente. En este contexto, el miedo sería una respuesta condicionada fruto del aprendizaje asociativo. Los pacientes con una historia de apego traumático pueden ser propensos a leer automáticamente como pistas de peligro social las señales que son ambiguas, poco amenazadoras o incluso positivas (Wallin, 2012). Así, investigaciones en el área de las neurociencias encuentran que la etiología del trauma psicológico no es el evento, sino la forma disfuncional en que queda neurobiológicamente almacenada esa experiencia en las neuroredes de memoria (Baselga, 2007).

Es interesante señalar que todo este proceso de “expresión” emocional puede pasar desapercibido para el propio sujeto que las protagoniza. Aunque parezca sorprendente, es frecuente encontrar una verdadera desconexión y en casos extremos una auténtica disociación entre las vivencias psíquicas y las sensaciones corporales. Cuando la memoria implícita se activa en el futuro (“se recuerda”) no se dispone de la sensación de estar recordando nada sino que crea la experiencia mental de la conducta, la emoción y la percepción actual (Simón, 1997).

Varios autores describen los esquemas interpersonales en el adulto: Young (modelos desadaptativos precoces), Horowith (modelos de rol –relación), Ryle (procedimientos para los roles recíprocos), entre otros (Semerari y cols. 2008). La disfunción ocurre cuando los esquemas emocionales se han convertido en desadaptativos por el aprendizaje traumático y/o cuando uno o más elementos del esquema no están simbolizados en el darse cuenta (Semerari y cols. 2002).

La teoría de la disociación estructural de la personalidad de Van der Hart y cols. sugiere que los pacientes con trastornos complejos relacionados con el trauma se caracterizan por una división de la personalidad en dos partes diferentes, cada una con su propia base psicobiológica. Una o más partes “aparentemente normales” (PANs), utilizan sistemas de acción cuyo fin es la adaptación a la vida diaria, mientras dos o más partes emocionales (PEs) están fijadas en las experiencias traumáticas. Todas las partes están atascadas en tendencias inadaptadas de acción que mantienen la disociación (Pinillos 2010).

Cuando un individuo se encuentra con estímulos reminiscentes de acontecimientos de la infancia que le llevaron al desarrollo del esquema, las emociones y sensaciones asociadas con el suceso se activan inconscientemente a través del sistema de la amígdala; o si el individuo es consciente, las emociones y sensaciones corporales se activan más rápidamente que las cogniciones (Young, 2013).

Safran, inspirado en el trabajo de Bowlby y Stern, formuló el concepto de ciclo cognitivo interpersonal. Los procesos de construcción del individuo llevan a comportamientos típicos y comunicaciones que elicitan respuestas previsibles en los demás. El sujeto tiene expectativas sobre la marcha de la relación y sus previsiones le llevarán a conductas, automáticas o conscientes, congruentes con las respuestas esperadas. La interacción se guiará por estos deseos, expectativas y comportamientos, aunque el sujeto no sea consciente de ello. El concepto disociación entre experiencia consciente y emocional, preverbal, es fundamental para entender cómo actúan los ciclos interpersonales. Afectos y pensamientos disociados, aunque no conscientes, se comunican a través del comportamiento expresivo emocional, y elicitan en los demás respuestas automáticas: el sujeto puede seleccionar otros que juegan el rol complementario, recibiendo respuestas que confirman sus suposiciones adyacentes e impidiéndole ejercitar aspectos de sí mismo que se hayan en la sombra; anticipar las reacciones de los demás y reaccionar en base a esa anticipación elicitando las reacciones previstas; disociar aspectos de sí que aparecen en el comportamiento no verbal y promueven respuestas en el otro. Estas respuestas promoverán inconscientemente un refuerzo de las convicciones que habían llevado a disociar aspectos; y ante la espera de acontecimientos temidos, activar defensas que elicitan en el otro la respuesta temida (Semerari y cols. 2002 y 2008).

DISOCIACIÓN Y MENTALIZACIÓN

La función reflexiva nos permite vernos a nosotros mismos y a los demás como seres con profundidad psicológica. Nos habilita para responder ante la experiencia no solo a partir de la conducta observada, sino también de los estados mentales subyacentes –deseos, sentimientos, creencias- que hacen comprensible la conducta y le confieren sentido (Siegel, 2007). La mentalización posibilita tanto el esfuerzo consciente de conferir sentido a nuestra experiencia como la receptividad no consciente ante a la experiencia sobre la base de sentimientos, deseos y creencias que la sustentan. De este modo potencia nuestra capacidad para identificar y modular los afectos, de modo que sirvan  para su función primaria, ayudarnos a evaluar la experiencia del mundo y sobre la base de esa evaluación guiar nuestras acciones de manera adaptativa (Wallin, 2012).

La mentalización de uno mismo, focalizada en los propios sentimientos, pensamientos, etc., así como por los cambios en el estado mental en distintos momentos o contextos, permite entender la propia subjetividad, dejando siempre un espacio para reconocer que no siempre tenemos pleno acceso a nuestro funcionamiento mental. Focalizar en uno mismo permite mentalizar la afectividad, es decir, reflexionar sobre las propias emociones, comprendiendo su significado para nosotros en cada contexto. Por otra parte, la mentalización de los demás se refiere a la capacidad de prestar atención a los estados mentales del otro y comprenderlos sin perder de vista que solo podemos aproximarnos a ellos con inferencias e hipótesis, de forma que una mentalización efectiva no se confunda con una “realidad” a la que no tenemos acceso (Sánchez y cols. 2015).

Fonagy diferencia entre mentalización implícita y explícita y señala que esta división corresponde a una diferenciación paralela en el reino de la memoria: la diferencia entre memoria declarativa (explícita) y procedimental (implícita), o la diferencia entre saber “qué” y saber “cómo”. El mentalizar implícito sería un saber “cómo” procedural; el mentalizar explícito sería lo que puede ser declarado en forma simbólica (Lanza, 2011).

Lanza (2011), citando a Allen, Fonagy y Bateman, señala que la mentalización implícita en relación a los demás funcionaría habitualmente como intuición e incluye sentimientos, juicios, pálpitos que tenemos en las situaciones sociales, los cuales se experimentan sin que poseamos razones bien articuladas para fundamentarlos o dar cuenta de los mismos. La intuición, por su parte, se basaría en el aprendizaje implícito y sería la base de nuestra habilidad para responder apropiadamente a la comunicación emocional no verbal. Muchas de estas reacciones ocurrirían fuera de la conciencia explícita. La mentalización implícita en relación con uno mismo tendría que ver con el sentimiento del self, un sentimiento prerreflexivo unido al sentimiento del self como agente, como iniciador de las acciones deliberadas.

La mentalización explícita incluiría procesos simbólicos, deliberados y reflexivos (Lanza, 2011). Para Sánchez y cols. requeriría por tanto una intención de exploración de los procesos mentales propios y ajenos. Esta simbolización permite una distancia entre lo que se piensa y la “realidad”, y con ello cierta flexibilidad en el sistema de pensamiento.

Durante el primer año de vida, el niño comienza a percibir la intención en otra persona. Durante esta fase y en adelante “la mente dispone de la habilidad para detectar que otra persona tiene una mente con un foco de atención, una intención y un estado emocional” (Siegel, 2007).

El cuidador al ponerse en el lugar del infante y sintonizar con sus sentimientos usará funciones mentales, como las de espejo, que le permitirán pensar en sus sentimientos, regularlos y sentir empatía. Será un proceso mental que a nivel biológico se manifestaría en la maduración y funcionamiento del sistema regulatorio y el de las neuronas de espejo. Y que determinaría que algunos circuitos corticales alcancen mayor estabilidad a medida que se utilicen en la interacción social. Por lo tanto, en díadas con apego seguro en las que el cuidador utiliza la función reflexiva, los niños tendrán experiencias tempranas positivas, vivencias de seguridad, que apoyarían la función organizativa del hemisferio derecho y las regiones cerebrales que intervienen en la respuesta al estrés (Euribe, 2013).

Los estudios neurológicos han comprobado que el hemisferio izquierdo es analítico, interpretador, busca un sentido a los datos de la realidad. El hemisferio derecho es mentalizador, capta las mentes de los otros y tiene en cuenta el contexto que rodea a los datos y la información de los componentes no verbales (los gestos, la entonación etc.). Para desarrollar una mente coherente y adaptarnos necesitamos que los dos hemisferios funcionen integradamente. Lo que el izquierdo analiza, el derecho sabe situarlo en su contexto (Siegel 2007).

Para Siegel (2007), los padres que logran contener las emociones inmanejables del niño con respuestas que trasmiten empatía, valor para afrontar las dificultades y apreciación de la postura intencional del niño entablan un proceso de regulación interactiva del afecto. A  través de este proceso, refuerzan la confianza de su hijo en el vínculo de apego como refugio y base segura. Y al reconocer la postura intencional del niño, los padres mentalizadores aportan las piezas fundamentales para el futuro desarrollo de la capacidad de mentalización del niño. Incluso cuando la conducta en cuestión contradiga los deseos de los padres, éstos pueden responder como si fueran conscientes del contexto en el que la conducta cobra sentido.

Jeremy Holmes integra aportaciones de Main y Fonagy y subraya como un aspecto de la postura mentalizadora o reflexiva que denomina competencia narrativa o autobiográfica, la capacidad de ser consciente de la propia vida psicológica a lo largo del tiempo, diferenciar lo entre los sentimientos propios y de los demás y de captar la naturaleza representacional del pensamiento (Wallin 2012).

La comunicación entre hemisferios derechos de dos personas puede equipararse a las comunicaciones afectivamente sintonizadas que permiten que los estados emocionales primarios sean compartidos mediante señales no verbales. El alineamiento entre dos hemisferios izquierdos puede verse en la atención compartida hacia los objetos del mundo. Los diálogos reflexivos, en los que se emplea el lenguaje para centrar la atención en los estados mentales de los dos miembros de la díada pueden favorecer la integración bilateral entre los dos hemisferios tanto del niño como del progenitor (Siegel, 2007).

En este artículo defendemos que la mentalización implícita se despliega en el marco de las comunicaciones afectivamente sintonizadas compartidas de forma no verbal entre padres e hijos (sentir con). Por otro lado, la mentalización explícita se desplegaría en el marco de los diálogos reflexivos centrados en los estados mentales propios y ajenos (pensar con). Esta mentalización diádica será la base de la futura mentalización implícita y explícita, de uno mismo y de los demás, en la vida adulta.

Siegel (2007) postula que cuando las experiencias infantiles son adversas se produce en el cerebro el bloqueo de las fibras del cuerpo calloso que interconecta la información de los dos hemisferios del cerebro, y de las conexiones dentro del propio hemisferio derecho. Este mecanismo inhibe la mentalización (el niño no sintoniza con el adulto) y “permite impedir la visión mental como forma de adaptación a ciertas situaciones sobrecargantes”. Como señala Wallin (2012), el córtex orbitofrontal, como zona de convergencia y órgano de integración que sintetiza el flujo de información trasmitido a través del cuerpo, las emociones y lo cognitivo, es el más afectado.

En su nivel más básico, las dificultades en la mentalización pueden entenderse en términos de la actividad de las ramificaciones del sistema nervioso autónomo. Fuera de la ventana de tolerancia (concepto vinculado al procesamiento de varias intensidades de activación emocional sin interrumpir el funcionamiento del sistema) la excesiva activación de la ramificación simpática, el exceso de actividad parasimpática o la activación simultánea de ambos, cierran las funciones cognitivas de síntesis, los circuitos que vinculan estos procesos corticales con los centros límbicos quedan funcionalmente bloqueados. La capacidad prefrontalmente mediada de flexibilidad de respuesta se cierra temporalmente. El modo superior de procesamiento integrado se sustituye por uno inferior de respuesta refleja donde se suspende la función integradora de la emoción que permite una interacción adaptativa y flexible con el medio. La mente se encuentra en un estado de desregulación de la emoción, un estado organizativo subóptimo que puede reforzar su propio patrón desadaptativo (Siegel, 2007).

DISOCIACIÓN, MEMORIA E INDENTIDAD

El self se construye en el interfaz entre el cerebro y las relaciones humanas. La mente, patrones en el flujo de energía e información, es el producto de la actividad de las neuronas del cerebro cuya estructura y función están directamente modeladas por la experiencia interpersonal. La mente cuenta con diferentes modos para el procesamiento de la información y la integración de esos  diferentes modos en un todo cohesionado podría ser un objetivo central para el desarrollo de la mente a lo largo del ciclo vital. Las relaciones interpersonales pueden facilitar o inhibir este impulso a integrar una experiencia coherente. La emoción sería inherentemente una función integradora que vincula los procesos internos y los interpersonales (Siegel 2007).

Como señala Siegel (2007), los estudios relativos al apego sugieren que la coherencia es observable y medible en las reflexiones narrativas autobiográficas. Una narración coherente revela la conexión entre de los procesos del hemisferio izquierdo y del hemisferio derecho. El hemisferio izquierdo interpretador es impulsado a tejer una historia sobre la base de lo que sabe. Cuando está limitado el acceso a los procesos representacionales del hemisferio derecho, tal historia es incoherente. Cuando los procesos mentalizadores, emocionales primarios, somatosensoriales y autobiográficos del hemisferio derecho sirven de fuente de inspiración, el cerebro izquierdo es capaz de dar sentido integrado a una historia vital coherente. La adquisición de la capacidad de coherencia integradora se deriva de la comunicación diádica atenta. La sintonización emocional y la reparación interactiva de las disrupciones en la conexión  (sentir con), el dialogo reflexivo y la co-construcción de la narración, la verbalización de las memorias (pensar con) son elementos fundamentales en la construcción de un self integrado y unas relaciones interpersonales satisfactorias.

Para Mirapeix (2008) la experiencia subjetiva del self viene compuesta por diferentes manifestaciones afectivas, cognitivas y comportamentales que el sujeto vive en un momento concreto como un estado subjetivo denominado estado mental. El self es, por lo tanto, el sumatorio de las experiencias subjetivas de los diferentes estados mentales en distintos momentos, registrados en la conciencia por la capacidad de autobservación de la que dispone el sujeto. Este sumatorio de diferentes estados mentales en función de su coherencia, integridad y adaptabilidad al entorno, puede constituir un self normal o patológico.

Siguiendo la concepción de la mente que recoge Howell, desarrollada desde distintos campos en las últimas décadas, como compuesta por múltiples selves parciales, a su vez subdivididos y con mayor o menor grado de conexión, pareciera que hay una multiplicidad flexible, adaptativa, en el polo de la salud mental y una pseudounidad patológica al acercarnos al polo de la psicopatología (Pinillos, 2010).

De acuerdo con Wallin (2012), la diferencia entre salud y patología radicaría en el grado de integración de dichos selves múltiples. Es decir, del grado de apertura que presentan las líneas de comunicación entre los distintos sentidos del yo y el grado de facilidad que tiene una persona para conectar con los estados anímicos distintos de aquellos en los que se halla inmerso en el momento actual.

Para Mirapeix (2008), la “multiplicidad disminuida” tiene su origen en experiencias interpersonales traumáticas que conducen a un repertorio restringido de patrones relacionales de comportamiento, inflexibles, defensivos y por tanto, desadaptativos. Las experiencias traumáticas más extremas como la depravación, la crueldad y la violencia, pueden provocar un miedo que el sujeto es incapaz de manejar o del que nunca ha sido capaz de hablar a lo largo de su infancia, llevando todo ello a la formación de un conjunto impresionante de estados mentales disociados. Esta disociación estructural de los procesos del self, es lo que representaría la “multiplicidad patológica (disociativa)”.

Sin embargo, en la línea del concepto de disociación que se describe en este trabajo, Wallin (2012), señala que todos tenemos experiencias que nos superan emocionalmente y por tanto todos recurrimos a lo que podríamos denominar “disociación normal”, experiencias temporales en nuestro estado anímico en el que lo que pensamos, sentimos o hacemos está desconectado de nuestro sentido habitual del yo. Cuanto mayor es el grado de disociación, más contradictorio, discontinuo, inestable y confuso es el sentido del yo y menor es la comunicación entre la multiplicidad de selves.

Las partes del self dominantes se fundamentarían en las emociones codificadas en la amígdala que tienen su origen en los traumas de mayor o menor envergadura sufridos en relación a los cuidadores principales durante la infancia y la adolescencia. Estas emociones estarían disociadas porque no han sido monitorizadas y han sido invalidadas en la relación, por lo que son capaces de “secuestrar” la capacidad del individuo para integrarlas (mentalizarlas) adecuadamente en las estructuras superiores del córtex prefrontal  con capacidad para sintetizar la información corporal, emocional y cognitiva.  Esta falta de integración supondría una mayor o menor dificultad en la mentalización de uno mismo y de los demás y en una regulación cognitivo-emocional y conductual óptima. Serán las emociones intensas (desregulación emocional), o una desvinculación del afecto, alexitimia y/o somatización (sobrerregulación de emociones intensas) los que marcarían los significados cognitivo-emocionales o esquemas del sujeto con los que se interpreta a sí mismo, a los demás y al mundo. Las personas con las que se relacionaría el sujeto entrarían en contacto con las emociones reactivas y las estrategias más o menos disfuncionales que se activan para evitar o controlar los estados problemáticos temidos de forma que los esquemas funcionarían como profecías que se autodeterminan en circularidades  interpersonales más o menos problemáticas.

DISOCIACIÓN, MENTALIZACIÓN Y RELACIÓN TERAPEUTICA

La investigación pone de relieve que el cerebro adulto, como el del niño en desarrollo, puede remodelarse mediante la experiencia actual, que no solo establece nuevas conexiones neuronales sino que alteraría la estructura física del cerebro. Este hallazgo sugiere que la recreación de una matriz de apego semejante a aquella en la que se desarrollan un primer momento el cuerpo, el cerebro y la mente puede ser crucial para impulsar de forma efectiva el cambio terapéutico (Wallin, 2012).

Tanto en el primer desarrollo como en la psicoterapia, un vínculo más inclusivo genera un mundo interior más integrado, mientras que un vínculo que no puede contener una amplia gama de experiencias fomenta en el niño y mantiene en el adulto un mundo caracterizado por la disociación. En el desarrollo sano, la postura mentalizadora del niño se fomenta a través de la receptividad sensible del cuidador. Dicha receptividad es en sí dependiente de la capacidad del cuidador para mentalizar, interpretar indicios, implícitos y no verbales, como comunicaciones de estados mentales. Lo mismo cabe decir de la psicoterapia, la sintonía empática del terapeuta con la comunicación del paciente proviene de su capacidad de mentalizar. Es en el contexto del vínculo intersubjetivo con un apego cada vez más seguro, respaldado por la atención del terapeuta a la dimensión no verbal que se actúa, evoca o corporiza, donde el terapeuta mentalizador activa el potencial de mentalización del paciente (Wallin, 2012).

Liotti y colaboradores sostienen que en el trabajo psicoterapéutico, la capacidad de modular la sintonía interpersonal posibilita que el paciente tenga estados de mayor integración y de mayor funcionalidad de la consciencia; solamente después de que la relación terapéutica sea capaz de sostener esas funciones, será posible intervenir con las técnicas de análisis de los contenidos mentales y de identificación de los esquemas disfuncionales (Semerari, 2002).

La evaluación de un caso clínico concreto debe tener en cuenta tres aspectos que interactuando entre sí, definen la realidad terapéutica específica:

Los contenidos de los estados problemáticos.

Los niveles de funcionamiento metacognitivo.

Los procesos interpersonales actuales.

De la evaluación de estas tres variables y su interacción dependería la elección de la estrategia y las técnicas terapéuticas. Es el contexto relacional el que hace eficaces las técnicas (Semerari, 2002). Los niveles de funcionamiento metacognitivo están íntimamente relacionados con el nivel de activación emocional que el terapeuta debe monitorizar en todo momento, tanto niveles elevados de activación emocional como niveles de hipoactivación inhiben la función reflexiva del paciente.

El terapeuta se verá tarde o temprano, sometido a la presión de las actitudes que confirman los esquemas interpersonales del paciente. Un circuito interpersonal puede desarrollarse a través de interacciones sutiles, que muchas veces tienen lugar fuera del nivel consciente. Particularmente en el caso de los esquemas interpersonales problemáticos el terapeuta entrará en contacto no tanto con las emociones y los estados representados en el esquema, sino más bien con las emociones reactivas y las estrategias que se activan para evitar o controlar los estados problemáticos temidos. En una suerte de contratrasferencia, en la conciencia  del terapeuta solamente se difundirá el  producto acabado de esa elaboración, en forma de actitud interpersonal hacia el paciente, según sus propios esquemas interpersonales. En base a estos procesos se pueden considerar las actitudes emocionales interpersonales del terapeuta como informaciones indirectas sobre los estados emocionales del paciente y hacer un uso técnicamente orientado de los estados mentales del terapeuta durante la interacción con el paciente (Semerari y cols. 2002 y 2008).

En la espiral de influencia recíproca en la que surge la contratrasferencia, la participación del terapeuta no es menos significativa que la del paciente. Por ello se cuida mejor del paciente cuando el terapeuta está dispuesto a reconocer y estudiar sus propias respuestas, así como estudiar su impacto en el paciente (Wallin 2012).

Estamos con Mirapeix (2008) en que los terapeutas deben entender esto desde el principio, en detalle, aplicado al paciente concreto con el que se están relacionando, de tal forma que eviten desarrollar comportamientos desde el rol de terapeuta que contribuyan a establecer un comportamiento recíproco con respecto al del paciente y de esta forma contribuir a reforzar los patrones relacionales disfuncionales.

Tal y como señala Walin (2012) es conveniente adoptar en la psicoterapia un enfoque ascendente que fundamente la labor clínica en las sensaciones corporales y las emociones que sustentan la conducta y el pensamiento ya que el tráfico neuronal es mucho más denso en sentido ascendente desde la amígdala (reacción de miedo) hacia el córtex (gestión del miedo), que en sentido descendente. También pone de relieve la necesidad de prestar mayor atención a la dimensión no verbal del vínculo terapéutico expresada a través de lo que se percibe, se siente y se hace y no tanto desde lo que se dice. En esta misma línea, para Salvador el terapeuta debe estar plenamente atento y consciente a los diversos modos de narrativa del paciente, no solo a lo que cuenta realmente sino a cómo lo cuenta, cómo se expresa y en el impacto que tiene en otros, particularmente en la propia relación terapéutica.

La influencia neuronal que fluye del córtex a la amígdala surge fundamentalmente de la zona prefrontal media (orbitofrontal) más de la dorsolateral. La implicación clínica es que la reflexión en voz alta sobre las emociones difíciles puede ser útil pero insuficiente. Citando a Allen y Fonagy, Wallin (2012) señala que la mentalización activa no solo el córtex prefrontal sino también la amígdala. Estos hallazgos sugieren que con el fin de ejercer verdadera mentalización los pacientes deben abordar sus sentimientos inquietantes mientras los sienten. De otro modo, se trata solo de pseudomentalización.

En este trabajo se defiende un enfoque integrado, descendente y ascendente para el tratamiento, pues parece que se puede intensificar la regulación emocional cuando los recursos corticales/del hemisferio izquierdo (lenguaje, interpretación) participan en el procesamiento en tiempo real de la experiencia subcortical/del hemisferio derecho (sentimientos corporales). La integración de las diversas dimensiones del yo (somático, emocional, representacional, reflexivo, atento) y la interconectividad entre los diversos ámbitos del cerebro (hemisferio izquierdo y derecho, región cortical y subcortical) son las dos caras de la misma moneda. Estos tipos de integración pueden impulsar la experiencia subjetiva de una mente corporizada y un cuerpo consciente (Wallin, 2012).

De la misma manera que, tal y como señala Fournier, “los padres sirven como un córtex auxiliar externo para el cerebro inmaduro del niño” (Bayo y cols., 2013), el terapeuta trabajaría como un córtex auxiliar externo que ayuda a través de la monitorización y sintonía afectiva (mentalización implícita) y la reflexión (mentalización explicita) a, como señala Salvador, dirigir y traer a la consciencia del paciente los aspectos de la experiencia que tuvieron que ser disociados.

La elaboración progresiva y repetida de la experiencia emocional  puede ayudar a los pacientes a aumentar su capacidad para experimentarse a sí mismos en términos psicológicos, distinguir en las experiencias los aspectos físicos de los emocionales y tolerar e integrar los diferentes estados emocionales (Rodríguez y cols.).

Después de la recuperación de los recuerdos traumáticos (vinculados en este trabajo a necesidades emocionales nucleares que no han sido satisfechas en la relación con los cuidadores principales) y su procesamiento emocional, la persona necesitará llevar a cabo una reestructuración de la experiencia y una incorporación de ésta en el contexto de su biografía. Se trata de conseguir la integración de la memoria traumática y de la experiencia emocional en el conjunto de la narrativa vital (Rodríguez y cols.). El distanciamiento crítico (a través de la confrontación empática) y el procesamiento emocional de las experiencias disociadas cultivados en el aquí y el ahora de la relación con un terapeuta mentalizador contribuyen a atenuar el efecto de los esquemas interpersonales disfuncionales y a integrarlos dentro un sentido adaptativo del self, de los otros y del mundo, potenciando el desarrollo relacional y personal de los pacientes.

Artículo escrito por:

Noelia Martínez del Castañedo

Especialista en Psicoterapia Integrada de los Trastornos de la Personalidad por la Universidad de Deusto.

Clínica de Psicoterapia y Personalidad Persum

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