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EL APRENDIZAJE Y LA INTERIORIZACIÓN DE VALORES Y NORMAS MORALES

La internalización de normas y valores morales consiste en un proceso mediante el cual las acciones reguladas inicialmente desde el exterior (los padres son los que le dicen a un niño lo que está bien o lo que está mal), van progresivamente incorporándose a la persona a medida que van asumiendo los valores familiares y autorregulando sus acciones.

El fin último que se pretende es que el niño logre identificarse con las normas y valores de su familia. Para conseguir que el niño consiga esa identificación requiere de una buena relación  entre padres e hijos para que los niños y adolescentes aprecien, respeten y valoren  a sus padres y así quieran reproducir a su modelo y a sus valores morales.

El afecto, la comunicación emocional con los hijos, la aceptación de éstos incondicionalmente, la dedicación al cuidado de los hijos, supone la mejor manera para el desarrollo y la internalización moral de los hijos.

Cuando los padres se implican con los hijos y atienden sus necesidades, los niños aumentan su deseo y motivación para compartir los deseos parentales.

En la relación entre padres e hijos  se comparten y regulan las emociones, se descubre la relación entre la emoción propia y la de los demás, se ofrecen modelos de empatía y conductas prosociales. Estos aprendizajes que inicialmente se dan en la familia, luego se amplían en las relaciones con los demás miembros de la comunidad.

Que los niños interioricen valores morales depende de las conductas que observe en los modelos de referencia. De ahí que sea tan importante la inducción a tales conductas por parte de los padres, el razonamiento y el análisis conjunto entre padres e hijos de las razones y consecuencias de las normas y valores.

Las conversaciones con los hijos han de versar sobre los sentimientos, intenciones y valores, culpa, remordimiento después de las trasgresiones. En las conversaciones con los niños los padres transmiten valores cuando hablan acerca de la igualdad, el respeto a los demás, la tolerancia, hablando de la importancia de ser prosocial en contextos cotidianos, en el día a día de una familia.
De esta forma fomentaremos en nuestros hijos emociones como la culpa y la empatía, así como la capacidad para controlar la propia conducta y la reparación del daño hecho.

Antes de los dos años el niño no diferencia sus emociones de las de los demás, por ello no puede llegar a ser emocionalmente empático. A mediados del segundo año, gracias a la diferenciación de su propio yo del de los demás, los bebés son capaces de usar la empatía y comprender las emociones ajenas. Y es en contacto con las figuras de apego donde aprende a expresar, interpretar y compartir las emociones.

Bebés de dos años interactuando en casa con sus familiares muestran ya bastante conocimiento de las conductas que están prohibidas en casa o que pueden molestar a otros.

Desde el segundo año de vida los niños observan la emoción del progenitor antes o después de la comisión del acto indebido. Al producirse esta observación de la emoción de vergüenza, tristeza o enfado de los padres, el niño se mimetiza emocionalmente con ellos experimentando la emoción que los padres sienten. Una vez que el niño ya está “contagiado” por la emoción de sus padres, éstos aplican la actitud correctora dirigida a inducir un auténtico sentimiento de culpa o vergüenza (no por mimetismo con sus padres sino auténtica emoción). Para la interiorización de normas morales también ha de tenerse en cuenta la empatía (la reacción afectiva con los sentimientos del otro). Cuando el niño siente dolor empático con la víctima y se atribuye la responsabilidad de dicho dolor, la emoción consecuente que siente el niño es la culpa. El aprendizaje de sentimiento de culpa y vergüenza  fruto de la reacción empática con los padres y con los demás se encuentra en la base de la comprensión moral.

Entre los dos y los seis años incrementan en sus conversaciones diarias las referencias sobre lo que está bien o está mal, lo que se debe o no hacer, al mismo tiempo que van aportando justificaciones cada vez más sofisticadas sobre los juicios morales. Los juicios que el niño va emitiendo están basados en la opinión de quienes para él son fuente de autoridad.

La capacidad de razonamiento del niño influye lógicamente sobre la capacidad para hacer reflexiones morales sobre lo que está bien o está mal, sin embargo el hecho de que puedan razonar mejor no se traduce en un mejor razonamiento moral puesto que para dicho razonamiento intervienen factores no cognitivos como las emociones y muy en concreto la empatía. Por ejemplo, un niño de dos años no tiene una competencia lógica compleja pero sabe lo que es caerse y hacerse daño, así que cuando ve a un amigo caerse sabe que ese niño sufre como él y requiere ayuda.

Como hemos visto la capacidad de razonamiento es importante para poder comprender valor y norma moral, pero más importante aún son las vivencia emocionales sobre todo de tipo empático que aportan los padres y demás personas que interactúan con el niño.

Los niños más empáticos son aquellos cuyos padres expresan con frecuencia principios morales y estimulan su empatía y adopción de la perspectiva de los demás.

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