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Artículo de opinión. Sesgo psicológico y pandemia

Publicado el 28/04/2021
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Por Esther Blanco , última actualización el 28/04/2021
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El viernes 16 de Abril, La Nueva España en su Especial Salud cuanta de nuevo con la participación de la Clínica Persum, donde sus directores Andrés Calvo y Esther Blanco reflexionan sobre la pandemia actual y el aumento de contagios.

«Sesgo Psicológico y pandemia».

El a mi no me va a tocar es responsable de un gran porcentaje de lo contagios, sobre todo en personas jóvenes que se colocan en situación de riesgo.

 

Una de las cosas más maravillosas y adaptativas que hace el cerebro humano es inventarse la realidad según le convenga. Este efecto psicológico conocido como sesgo
cognitivo es completamente irracional y nos lleva a cometer errores que pueden salvarnos la vida. Se trata de errores sistemáticos que van siempre en la misma dirección y en contra de cualquier pensamiento intuitivo y lógico. Influyen en nuestras
percepciones y decisiones de manera determinante sin que nos demos cuenta.
La información que percibimos del mundo es incompleta, parcial, muchas veces incoherente y confusa como nos está ocurriendo ahora por la pandemia generada por el coronavirus. Restricciones perimetrales, limitaciones horarias, confinamientos parciales, inmunidad de grupo, vía aérea, neumonía bilateral y un sinfín de términos nuevos nos abordan desde hace un año. Nuestro cerebro, alejado de cualquier rigurosidad científica, necesita predecir lo que va a pasar para sentirse seguro y ante tal cantidad de información acepta las mentiras como verdades para cambiar de un estado emocional disfórico a otro más placentero y así regularse emocionalmente. Elabora relaciones causales que muchas veces ni siquiera son correlacionales como por ejemplo creer que una sustancia que no tiene efecto terapéutico me va a curar una grave enfermedad o que las altas temperaturas veraniegas acabarán con la epidemia. Son las famosas fake news que se basan en la necesidad de creer que tenemos las personas para dar sentido al mundo que nos rodea.

Estos errores o sesgos de nuestra comprensión del mundo no son aleatorios, dependen de nuestras experiencias emocionales previas, es decir, de nuestras infancias y nuestros vínculos filiales ya que los padres son los primeros en traducirnos el mundo a su manera colaborando a que tengamos una personalidad u otra. También nos enseñan a errar en nuestras interpretaciones. Por ello nuestros sesgos nos hacen predecibles e influenciables y no solamente a un nivel individual, también nos equivocamos solidariamente cuando compartimos ciertas características culturales y sociales y si las decisiones que tenemos que tomar requieren prisa lo haremos aún peor. El neuromarketing estudia las reacciones de nuestro cerebro ante los estímulos en información que recibe continuamente y hace años que ha descubierto que decidimos mucho más con las emociones de lo que creemos. No somos tan racionales.

El sesgo cognitivo afecta al pensamiento crítico y libre tan importante en una  democracia. En estos tiempos de pandemia creer en una inmunidad o inmortalidad juvenil o negar la existencia de un virus puede suponer la diferencia entre la salud y la enfermedad e incluso entre la vida y la muerte. En general existe un positivismo respecto a si una persona se va a contagiar o no por el coronavirus. El sesgo “a mi no me va a tocar” es responsable de un gran porcentaje de los contagios sobre todo en personas jóvenes infectadas que debido a esta creencia de inmunidad natural se colocan en situaciones de riesgo. También vemos a las personas que queremos como potencialmente menos peligrosas evitando tomar medidas respecto a ellas como ha ocurrido en las celebraciones familiares de las navidades pasadas y que dieron lugar a la tercera ola. De nuevo nuestras ganas de sentirnos bien nos hacen desvirtuar la realidad sesgándola y haciendo fallar al pequeño estadista que llevamos dentro. Todos estos peligrosos sesgos se ven aumentados por el cansancio pandémico que disminuye nuestra percepción de riesgo y nos hace tomar menos medidas de precaución e incluso nos genera una desinformación voluntaria. Y es que después de un año de pandemia el componente afectivo que forma parte de nuestro posicionamiento frente al coronavirus hace mella en nuestras defensas racionales. Buscamos la normalidad sin poder tenerla porque anhelamos sentirnos mejor, necesitamos certezas para vivir y poder explicarnos esta situación, necesitamos poder hacer atribuciones causales que nos tranquilicen y nos ayuden a comprender cómo realmente funciona el mundo. De no ser así nuestro cerebro
se lo inventará por una sencilla razón, quiere sentirse bien.

La aparición de las vacunas nos ha planteado un nuevo dilema, vacunarnos o no. Ante una decisión de tanta enjundia creemos poner nuestros mecanismos racionales a examinar los pros y los contras de hacerlo o no. Para este proceso necesitamos información fidedigna y objetiva. Hoy en día no disponemos de esta información como quisiéramos debido a la corta vida de las vacunas y su experimentación. De nuevo entra en juego el sesgo cognitivo y es que ante el temor de podernos causarnos un daño vacunándonos muchas personas eligen el mal menor inmediato, es decir, no vacunarse porque no hacer algo muchas veces es mejor que hacerlo aunque en este caso sea mucho más arriesgado no hacerlo. Tendemos a decidir irracionalmente hacia lo que nos supone menos responsabilidad, la conocida procastinación es otro ejemplo de ello. Por otro lado algo es peligroso dependiendo básicamente de dos factores: la probabilidad de que ocurra y la gravedad de sus consecuencias. Por desgracia la probabilidad de contagiarnos por el coronavirus es alta y las consecuencias del contagio pueden se muy graves, estos dos factores son conocidos por todo el mundo. Sin embargo en la práctica clínica vemos cómo los pacientes contagiados son los primeros sorprendidos tanto de sus contagios como de la gravedad de los mismos. Los gobiernos intentan mediante campañas de divulgación, educación y concienciación advertirnos de la peligrosidad del virus y sus nuevas cepas, apelan a nuestra responsabilidad como ciudadanos y los hechos indican que en el momento en que se relajan las medidas de prevención aparecen nuevas olas de contagio. ¿Somos realmente tan irresponsables e incívicos?, lo que somos es mucho menos racionales de lo que creemos y queremos. Nos engañamos para vivir y gracias a eso hemos sobrevivido, gracias a nuestra falta de lógica hemos evolucionado. Esta irracionalidad es para nosotros completamente egosintónica, no nos damos cuenta de nuestros sesgos e incluso nos sobreestimamos valorando y defendiendo opiniones indefendibles simplemente por el hecho de ser nuestras, a esto se  le llama el efecto Dunning-Kruger. El problema es que en nuestra ansia por defender nuestras posturas perdemos muchas veces las formas y nos convertimos en invasores de los demás. No se preocupen, se ha demostrado que la cultura y el entrenamiento en regulación emocional aplaca este efecto.

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