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La emociones negativas. Artículo en El País

Publicado el 01/01/2020
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Por Esther Blanco , última actualización el 03/01/2020
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Hoy día 1 de Enero de 2020 iniciamos el año Nuevo con un artículo publicado en la sección Buenavida de El País.

En este caso el artículo versa sobre las denostadas y mal llamadas «emociones negativas»

Emociones negativas

Ni malas ni inútiles: el olvidado lado bueno de las emociones negativas

Hay que aprender a gestionarlas, pero sin ellas no habríamos sobrevivido ni podríamos organizar nuestra mente

Pinchando sobre esta línea se puede acceder al texto completo

 

Si desean leer el artículo original escrito para El País, lo pueden hacer a continuación:

 

Parece que las emociones que se conocían como negativas ahora se describen como necesarias e incluso en ocasiones positivas. ¿Qué utilidad pueden tener?

Desde la antigüedad el hombre ha pensado y reflexionado sobre el concepto felicidad en un intento de definirla y atraparla. Grandes pensadores de la historia tanto occidental como oriental han debatido sobre la idea de felicidad y la no –dualidad del bien.

Mucho se ha debatido desde entonces en torno al ser completo, “perfecto” (perfecuts):  acabado, concluído, total, completo. Una búsqueda incansable del concepto felicidad.

¿Qué es una persona “perfecta”, completa, con una integración de orden superior?

En nuestra infancia, la construcción de nuestra personalidad e identidad descansan sobre la narrativa de nuestros padres. Son ellos quienes nos recuerdan qué es lo que está bien y lo que no. Cuáles son las emociones qué hemos de sentir y cuáles no.

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De esta forma, emociones como la ira, la rabia, la pereza, la desilusión, la tristeza son desterradas, son de “segunda clase”, no son bien vistas por nuestros progenitores y por ello son castigadas o reprimidas de alguna forma.

Todas esas emociones “negativas” son separadas, negadas, “disociadas”. Con el paso del tiempo se deja de estar en contacto con ellas, se conviertes en indeseables para un yo ideal.

Sin embargo, las emociones disociadas, separadas, permanecen en nosotros, forman parte de nuestra personalidad, pero no nos son accesibles. Solo lo son desde un punto de vista emocional, no cortical. No son emociones reconocidas cognitivamente. No somos conscientes de ellas.

Si tratamos de pensar en ellas podemos creer que no nos definen, que no están dentro de nosotros. Sin embargo permaneces ocultas, suponen un fondo  emocional de difícil acceso pero rápida expresión.

Por ejemplo, podemos considerarnos personas flexibles, que entendemos perfectamente y compartimos la virtud de la paciencia. Hacemos gala de ella pero en un momento determinado y sin saber muy bien por qué, aparece una ira inapropiada, impulsiva y descontextualizada. Perdemos la paciencia y nos desagradamos terriblemente por ello.

Creemos ser personas no rencorosas, capaces de perdonar  con facilidad y nos definimos por ello. Sin embrago, una pequeña ofensa o una ausencia de reconocimento por parte del otro, nos llena de un rencor incapaz de ser olvidado.

De las siguientes emociones, ¿qué pueden tener de útil o positivo cada una de ellas? ¿Cómo se pueden aprovechar desde este punto de vista?

No se trata únicamente de constatar cómo evolutivamente cierta cantidad de una emoción es necesaria y buena para nosotros. Es claro que emociones como la tristeza, la ira, el asco, la envidia, el miedo o el enfado en un grado óptimo nos han ayudado a sobrevivir. No hubiésemos llegado a este momento evolutivo sin una ira o enfado protectores, sin un sentimiento de asco que nos apartase de la podredumbre, una tristeza que nos vincule a los nuestros y a su marcha o daño, una envidia como motor de superación frente al otro.

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Sin embargo, no resulta tan simple como admitir su importancia evolutiva. Hemos de volver a la idea de felicidad y de integración si queremos comprender verdaderamente el sentido y utilidad de todo el espectro de emociones.

Integrar es reconocer que todo forma parte de nosotros. Las mal llamadas emociones negativas nos pertenecen, son nuestras, las sentimos dentro de nosotros cada día, constituyen nuestra personalidad. Aceptar que todas las emociones nos perteneces nos permite “mentalizar”, conocer en profundidad nuestra mente. No negar emociones como la ira, el enfado, la envidia o la tristeza nos posibilita aceptarlas y tener acceso o posibilitar su regulación.

La persona que ha disociado sus emociones “negativas” permanece víctimas de las mismas. Se ha identificado con su opuesto: la virtud, la mesura, la calma. Y permanece víctima de ellas. Tendrá que vérselas con el mantenimiento de las mismas,se verá obligado a que la realidad encaje como un guante en sus emociones “positivas”. Negará todas aquellas que supuestamente no le representan y ello se volverá en su contra.

El mundo tendrá entonces que ser escindido: los buenos (yo), lo malos (los que piensan diferente a mi). El otro ha de ser demonizado en la medida que nos ayuda a exorcizar lo malo que hay en mi( acusar al otro de envidioso, cuando en realidad es una característica que me pertenece). Otra opción posible es la racionalización: solo se contemplan aspectos de la realidad acorde con nuestra forma de sentir (solo se ven los aspectos que comulgan con nuestra visión del mundo, siendo rechazados sus opuestos)

Integrar, reconocer, sentir con plenitud todas las “emociones negativas” nos acerca a una personalidad madura, ecuánime, flexible y compasiva. Una personalidad que no necesita escindir el mundo puesto que todas las emociones tienen cabida dentro de uno.

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La integración de las emociones, su admisión nos permite su regulación. No podemos regular las emociones de las que no tomamos consciencia.

La división, la escisión, es lo que nos aparta de la integración.

El nacimiento de la Psicología Positiva allá por el año 2000 que preconiza la existencia de una posible idea de felicidad a través la escisión entre  las “emociones positivas” y las “emociones negativas”, así como su rápida proliferación a través de los medios de comunicación, quizás influenciados por su fácil pero superficial línea de pensamiento, nos han arrastrado a alejarnos de aquello que pretendía.

A la felicidad se llega cuando no se la pretende, cuando se construye cada día con la integración de los opuesto, con un carácter no no-dual de la experiencia. Con la integración de todas las emociones en nuestro haber.

 

 

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