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En el ámbito del estudio de la personalidad, adquirir y utilizar una perspectiva integradora es casi un imperativo histórico, es decir, una forma de otorgar un sentido narrativo a la historia de la psicopatología de la personalidad y a los avances en psicoterapia. La psicoterapia integrativa ha sido capaz de engarzar en un continuo coherente los hitos más importantes del estudio de la personalidad. En efecto, ninguno de los acercamientos al estudio de la personalidad es del todo completo ni del todo desdeñable. Todas las perspectivas son importantes: psicodinámica, interpersonal, cognitivo-conductual, biológica-evolutiva, e incluso otras menores (lingüística, cultural…); todas ellas tienen material interesante que aportar al estudio de los trastornos de la personalidad y su tratamiento psicológico. Por esta razón, para comprender en toda su amplitud los trastornos de la personalidad, a estas alturas de la historia nos conviene observar el cuadro completo de la personología.

Sin embargo, el concepto de integración va más allá del necesario eclecticismo técnico entre diferente teorías o escuelas psicológicas. Al terapeuta integrador le interesa conocer, además, cómo evolucionan conjuntamente tanto la estructura de la personalidad del individuo como su dinámica de funcionamiento. Esto supone evaluar la génesis y formación de una determinada personalidad patológica, tomando en cuenta cualquier aportación relevante desde las perspectivas anteriormente citadas; pero, además, supone también dar cuenta de qué función desempeñan los síntomas actuales de la persona (ansiedad, depresión, obsesiones, estilo cognitivo, tipo de apego adulto, mecanismos de defensa, etc.) dentro de la estructura de personalidad subyacente. Es decir, cómo se modula y mantiene la patología en su idiosincrásico equilibrio homeostático. En términos del ya antiguo DSM-IV, hablaríamos de integrar los trastornos más superficiales (eje I) con las estructuras más estables de funcionamiento (eje II).

Los síntomas más presentes y visibles suelen formar círculos viciosos que sirven a los rasgos de personalidad más profundos, los cuales a su vez funcionan de manera latente, transituacionalmente y de forma estable en el tiempo, dando estructura formal a la conducta. Para la persona que padece un trastorno, estos esquemas maladaptativos de funcionamiento son coherentes con su sentido de la identidad y, por lo tanto, su personalidad disfuncional es egosintónica. Los rasgos de personalidad, y los síntomas que los revelan, son resistentes al cambio porque su cambio amenaza al concepto que la persona tiene de sí misma. Ergo, el ego se defenderá de la terapia como gato panza arriba. El reto del terapeuta es poner de relieve la correspondencia entre, por un lado, los problemas más salientes y acuciantes de su paciente y, por otro lado, los rasgos disfuncionales de la personalidad a los cuales éstos obedecen. De esta manera, el terapeuta podrá ir convirtiendo los rasgos desadaptativos egosintónicos de su paciente en asperezas egodistónicas de la personalidad que habrá que ir limando a través de la terapia.

El espíritu integrador ha de trascender la propia evaluación y formulación del caso, no perdiendo la perspectiva integradora durante la fase de tratamiento. En efecto, una vez se obtiene un modelo explicativo del problema y se orienta el proceso de terapia, con conocimiento suficiente, flexibilidad, intuición y audacia, el psicólogo integrativo puede tratar diferentes aspectos de la personalidad patológica utilizando distintas técnicas e intervenciones, según su conveniencia en cada momento, pero de manera que conformen un todo coherente y sin perder de vista el modelo teórico de formulación de cada caso concreto. Esto puede incluir intervenciones de Terapia de Mentalización (MBT), Terapia Basada en la Transferencia (TFP), Terapias de Tercera Generación (Dialéctico-Conductual, Mindfulness…), Terapia Cognitivo-Conductual, Terapia de Esquemas… Por lo tanto, no solamente se integran teorías y trastornos, sino también tratamientos.

La integración puede considerarse también como la finalidad última del tratamiento integrador, esto es, el objetivo en sí de la terapia. En este caso, el concepto alude a la integración de la psique del paciente. Esta integración supone una suerte de fuerza correctora que iría en contra de la disociación. La disociación se manifiesta en aquellos síntomas o rasgos cuya función es claramente desadaptativa y contribuyen a retroalimentar el trastorno. Muchas veces son conductas o esquemas polarizados (como llamar la atención en el histriónico, o la inflada autoestima del narcisista, o el exceso de interdependencia del dependiente) que el terapeuta debe trabajar en el otro sentido, para conseguir un funcionamiento más integrado. Se trata de despolarizar la conducta en aras del equilibrio y la integración.

Gracias a los avances en neuropsicología de las últimas décadas, podemos apoyarnos en datos empíricos que nos ayudan a comprender la psicología individual sobre la base de su correlato biológico más importante: el cerebro. Desde la perspectiva neurobiológica, la integración también supone enseñar al paciente a trabajar de forma equilibrada y ambivalente tanto con el hemisferio derecho (más holístico, sensitivo y emocional) como con el hemisferio izquierdo (más secuencial, analítico y racional). De forma análoga, la integración también consiste en aprender a bascular entre la parte más inferior y filogenéticamente más antigua (el sistema límbico, que comparten casi todas las especies animales y se ocupa de las reacciones emocionales) y las zonas más evolucionadas de nuestro cerebro (el neocórtex prefrontal, casi exclusivo de los primates y que se encarga de las funciones ejecutivas).

En este sentido, los pacientes más polarizados –ya sea hacia su hemisferio derecho o su hemisferio izquierdo, ya sea mediante una amígdala sobre reactiva o, por el contrario, un poderoso córtex orbito-frontal– podrán beneficiarse de una terapia integradora que les enseñe a ponderar las diferentes zonas del cerebro, para integrar sus experiencias vitales de forma neurológicamente más globalizadora. Cuanto menos disociados y más integrados se encuentren, mejores y más adecuadas respuestas podrán ofrecer a los variados retos que la vida gusta de presentar con generosidad.

Por lo tanto, la integración es un concepto de múltiples caras, vértices y aristas. La misión del psicólogo integrador es integrar, valga la redundancia, todos estos elementos en un poliedro que se pueda ir trabajando por partes y, al mismo tiempo, ir conformando en un todo.

 

Vicente Bay Alarcón

Psicoterapeuta- Instructor de Mindfulness Clínica Persum

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