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Artículo de opinión en La Nueva España. «Ante el dolor de los demás»

Publicado el 30/06/2016
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Por Esther Blanco , última actualización el 09/11/2018
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«Ante el dolor de los demás»

Artículo de opinión publicado en La Nueva España en su edición impresa el día 21 de Junio.

Vivimos en un constante y creciente caudal de sobreinformación. El material que nos llega es incesante, abundante, veloz e instantáneo. De difícil elaboración y en convivencia con otro fútil y banal. Nos hemos acostumbrado a coexistir con el más horrible de los sucesos junto a la anunciación de la fastuosa boda del futbolista de moda o la publicidad de un perfume, ahora que se aproximan las Navidades.

La cultura actual es hedonista y superficial, llena de discursos contradictorios, cambiantes e inconsistentes. Nuestra época, la ya dejada atrás postmodernidad ha sido bautizada por diferentes autores como “era del narcisismo” (Lasch), “sociedad líquida” (Bauman), “era del vacío”, “sociedad del consumo o del espectáculo” (Lipovetsky).

Nuestra cultura es una cultura del YO,  el individuo sufre de una gran fragilidad identitaria y estructura narcisista: autoestima deficiente, búsqueda de estados grandiosos, sensación de omnipotencia, necesidad de ser visto como perfecto, una vida, cuerpo, pareja, amigos… todo ello expuesto y mostrado en las diferentes redes sociales. La vergüenza le alcanza fácil, el estándar de perfección se puede desmoronar rápidamente. Graves ataques de inseguridad que acarrean depresión y ansiedad. Hipersensibles a la crítica, sentimientos de insatisfacción, aburrimiento fácil.  Relaciones caracterizadas por la falta de empatía, los demás son utilizados como espejos, no son vistos verdaderamente.

Y en este panorama de cosas llegó Aylan Kurdi, el niño kurdo de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía y las fotos en que aparece su cuerpo fallecido en la costa turca. Dentro del conjunto de imágenes incesantes, la fotografía cala más hondo. Y ahí estaba con especial autenticidad la foto del horror. El mundo se detuvo ese día y Europa se puso a sentir.

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La imagen del horror nos perseguía, pero de nuevo pasó y Aylan se fue desvaneciendo de nuestra memoria. ¿Demasiado rápido? Pareciese que no hemos sido capaces de tener presente esa realidad.

Cierto es que  nuestra era se caracteriza por la falta de tolerancia al sufrimiento y la ausencia de culpa puesto que supone una verdadera interiorización del otro. Y Aylan duele, duele demasiado. Pero también es cierto que tenemos que “poder mirar para otro lado”. La vida sería insoportable si nos acercamos tanto y a tantos. El dolor se volvería inmanejable. El sentimentalismo ha de poder ser compatible  con la cotidianidad.

Regular nuestras emociones es un logro propio de la madurez. Estas han de ser equilibradas por el bien de nuestra salud mental. No pueden desbordarnos, pero tampoco pueden desaparecer. Han de estar presentes en nosotros y poder ser tomadas en consideración, han de representar el marcador que nos guíe, pero no pueden sobrepasarnos y causarnos enfermedad.

El hemisferio derecho de nuestro cerebro, conectado con estructuras inferiores, se encarga de la información afectiva, nuestro cerebro más emocional. Pero funciona de la mano de su compañero inseparable, el hemisferio izquierdo con capacidad de análisis, lógico y literal, lugar donde la persona busca el refugio necesario para distanciarse emocionalmente a través de la certeza de que hace lo correcto, de no poder hacer otra cosa que dejarse llevar y “cambiar de canal”.

La premio Príncipe de Asturias Susan Sontag lo describe en su ensayo Ante el dolor de los demás: “La gente puede retraerse no sólo porque una dieta regular de imágenes violentas la ha vuelto indiferente, sino porque tiene miedo”. Y, efectivamente, tenemos que poder seguir adelante y ello no nos convierte en monstruos desalmados, en narcisistas despreocupados del mal ajeno. Hemos sobrevivido como especie puesto que nuestro cerebro ha podido integrar la información emocional. Hemos evolucionado a través de mantener los dos hemisferios,  el emocional y el racional funcionando de forma diferenciada pero íntimamente interconectados. El hemisferio derecho cuya función es acercarnos a los afectos y el izquierdo  que nos aleja de ellos, se mantienen unidos funcionando en colaboración y generando salud mental.

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Podemos emitir muchas críticas que afectan a nuestra sociedad, todas ellas merecidas sin duda, pero: ¿sabían ustedes que los evaluadores más realistas son las personas depresivas? No nos lo podemos permitir.

Esther Blanco García

Andrés Calvo Kalch

Contenido en La Nueva España

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