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Antigua Actualidad

Bases neurológicas que explican el fallo en la regulación de nuestras emociones

Publicado el 16/10/2015
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En la actualidad la desregulación afectiva puede ser estudiada y comprendida haciendo uso de los estudios  destinado a conocer el funcionamiento del cerebro.

Siegel (2007) reúne aportaciones actuales que pueden ser utilizadas para explicar el desarrollo del cerebro, y en concreto cómo las diferentes estructuras y su funcionamiento pueden servir para comprender el origen de la desregulación emocional.

Partiendo de las  tres estructuras cerebrales implicadas en el desarrollo de la mente, podemos inferir lo que ocurre dentro de un proceso de desregulación emocional: el tronco encefálico, el sistema límbico y neocortex.

La primera de ellas, el tronco encefálico,  es considerada la estructura que modula la excitación y regula el sistema nervioso autónomo. Se consideraría el “fondo fisiológico de la mente” (Schore, 2003). Lo niveles elevados de excitación activarían la rama del sistema nervioso simpática, los bajos niveles de excitación se asocian con la activación del sistema nervioso parasimpático.

De esta estructura, el tronco encefálico,  partiría el nervio vago que puede, en condiciones de seguridad,  atenuar o frenar  al sistema nervioso simpático calmando al cuerpo. Este sistema vagal  tiene el control primario no solo de los órganos viscerales como corazón sino de la musculatura de la cara, cuestión importante para comunicar emociones.

Clásicamente el sistema nervioso simpático y el sistema nervioso parasimpático han sido entendidos como una simbiosis donde, ante la activación del primero, el segundo respondería provocando aquellas reacciones contrarias que permitiesen la calma del individuo.

Porges (2001) añade a esa visión clásica, una importante división del sistema nervioso parasimpático. Defiende   dentro de su Teoría Polivagal, la existencia dentro del sistema nervioso parasimpático, además de un sistema ventral del nervio vago, un sistema dorsal del nervio vago. El sistema ventral del nervio vago, un vagal mielinizado, llamado por el autor de “involucramiento social”. Es un sistema de comunicación social, con opciones para la autorregulación y el autososiego. Está compuesto por componentes visceromotores (control de bronquios y corazón) y componentes somatomotores (nervio facial, laríngeo, faríngeo, y del oído medio), entre otros.

Cuando el niño  vive en la relación con los otros significativos  un fracaso de este sistema de conexión social o involucramiento social, el bebé no encuentra en el otro la oportunidad de ser calmado, y no desarrolla la oportunidad de obtener la seguridad y la protección necesaria. El sistema de involucramiento social se encontrará infradesarrollado. Sin  la capacidad de frenado desarrollada a través del vagal ventral o de involucramiento social, el sistema nervioso simpático (o sistema de movilización /hiperactivación) se verá activado en un primer momento para pasar en segundo término a ser “equilibrado” por el sistema nerviosos parasimpático, esta vez la rama dorsal del nervio vago (o sistema de inmovilización/hipoactivación).

Para Porges y Shore (citados en Tallin, 2007), la disociación es el complemento psicológico de esta reacción física.

Sassenfeld, en sus revisión sobre la neurobiología de los procesos relacionales, añadió al estudio de Porges, el conocimiento del funcionamiento de las neuronas espejo dentro de la importancia de la comunicación no verbal en cuanto a ser capaz de producir un estado somático compartido. Gracias a este mecanismo de las neuronas espejo, las acciones realizadas por otros se transforman en mensajes sin mediación cognitiva. El sistema de neuronas espejo “trasforma los fenómenos no verbales de la comunicación emocional en señales corporales que son codificadas  y decodificadas en términos implícitos”. Además, es importante añadir, como  indican Iacoboni, Rally, Wolf et al (citados en Sassenfeld), cómo las neuronas espejo tienen conexiones importantes con el sistema límbico. Lo cual supone sin duda una oportunidad para aprender a sentir lo que sienten los otros, base fisológica de la empatía. Como también una oportunidad para de nuevo encontrar el autososiego a través de la conexión con los adultos significativos.

Para Porges, dentro de este sistema de involucramiento social surgiría el proceso de evaluación de “las intenciones” de los otros en base a los “movimientos biológicos” del rostro. Para Lieberman (citado en Sassenfeld) dicho proceso evaluador puede ser considerado precursor del desarrollo de la mentalización explícita.

Siguiendo nuestro discurso, ésta primera estructura denominada tallo cerebral, el primer  sistema de valoración, enviaría un flujo de energía al  sistema límbico. El flujo llegaría a la amígdala aportando información sobre algún acontecimiento que  es importante emocionalmente.

La amígdala es un órgano de evaluación (bueno/malo) pero también es un órgano de memoria, registra la experiencia en forma de recuerdos emocionales no conscientes presimbólicos.

La información (bueno/malo) de estas áreas sigue “subiendo” y se trasmite al hipocampo que modula las tendencia hedonista (todo-nada) de la amígdala. El hipocampo supone de nuevo una oportunidad de “frenado” que puede activar el sistema nervioso parasimpático para  permitir el sosiego.

Los  estudios recopilados en D.J Walin, 2007, demuestran cómo el “trauma relacional” puede frenar temporalmente o inhibir el desarrollo del hipocampo, de tal forma que, de nuevo, el niño dispondría de una nueva oportunidad para poder “frenar” su activación emocional.

Es muy importante constatar que esta estructura no comienza a intervenir hasta el segundo o tercer año de vida, quedando entonces un niño a merced de las categorías bueno/malo, categorías globales, generalizadas, pudiendo quedar grabadas emocionalmente en la amígdala.

Pareciese que de los estudios mencionados  se derivase la idea de una serie de estructuras fisiológicas emocionales desarrolladas en la relación con los otros significativos en la vida del bebé y del niño, que ofrecen la oportunidad de desarrollar la capacidad de  regulación de las emociones. Estas estructuras supondrían una oportunidad de desarrollo de un sistema que sentaría las bases de una futura regulación emocional.

Siguiendo con la descripción neuropsicológica, groso modo, sobre esta estructura, el sistema límbico, se situaría el córtex frontal.

El córtex prefrontal, se divide en dos zonas:

Zona dorsolateral unida al hipocampo y hemisferio izquierdo, es la “mente racional” que nos permite reflexionar de forma consciente sobre la experiencia, focalizamos la atención voluntariamente hacia percepciones, recuerdos, ideas, uniendo pasado, presente y futuro, resolvemos problemas, sopesamos decisiones e intentamos explicarnos las cosas.

Representa la información de manera lingüística, según una lógica lineal, su unidad de información es la palabra.

El córtex prefrontal medio (Siegel, 2007), supone la “mente emocional” conectado con la amígdala y el hemisferio derecho, orientado a las emociones. El córtex prefontal medio, zona integradora que enlaza el tronco encefálico, el sistema límbico y el córtex. Destacando una estructura denominada córtex orbitofrontal que puede ser “tanto una estructura del sistema límbico como una parte del córtex”. Representa una zona de convergencia y un órgano de integración que une información emocional, cognitiva y corporal.

La función integradora del córtex orbitofrontal es central en cuanto a la creación de significados y emociones. Esta área supone la intersección entre  las regiones inferiores que reciben el input del organismo y los sentidos y las partes superiores  responsables de la creación de pensamientos y planes. Esta región integradora está implicada en la valoración del estímulo (EL SIGNIFICADO EMOCIONAL), la regulación del afecto (la capacidad del cerebro para modular su estado psicofisiológico), la cognición social (el proceso mediante el cual “vemos la mente” del otro, o la habilidad para conocer el estado emocional del otro) y la capacidad autonoética (la habilidad para ejecutar un viaje mental en el tiempo).

El córtex orbitofrontal recibe input directo del córtex sensorial (percepción); del córtex somatosensorial  y el tronco cerebral que registran sensaciones somáticas, del SNA, que controla las funciones corporales; del córtex prefrontal dorsolateral (procesos atencionales); lóbulo temporal (memoria explícita); córtex implicado en las formas abstractas del pensamiento.

Para Damasio, 2003 las estructuras superiores (cortical, del hemisferio izquierdo) están asentadas sobre las inferiores (subcortical, del hemisferio derecho) y a menudo dominada por ellas. En palabras de Damasio: “La enfermedad o el trauma cerebral produce la disolución o la degradación neurofuncional hacia estructuras más primitivas”.

De ahí que (LeDoux, 1996) haya planteado que el tráfico es  mucho más denso en sentido ascendente, desde la amígdala hacia el córtex que en sentido descendente.

Para Sassenfeld la corteza orbitofrontal, es el componente cortical principal del sistema límbico y media la vinculación emocional y empática.

Arnsten y Mayes (citados en Oldham, Skodol y Bender 2007) han postulado que el estrés mantenido puede producir  una alteración en la dinámica de la regulación de la estimulación. Así, ante niveles moderados de estimulación se asocian a un funcionamiento prefrontal óptimo, pero niveles extremos de estimulación, activan un interruptor neuroquímico  que desplaza a la persona a un nivel de funcionamiento subcortical, de modo que prevalece la vigilancia, la respuesta de lucha o huida, y la codificación mediada por la amígdala. Así han comprobado que la estimulación excitatoria  de los receptores alfa adrenérgicos y dopaminérgicos  desconectan la corteza prefrontal. Este proceso es adaptativo en casos de peligro donde se necesite una respuesta rápida. Pero Mayes ha señalado que las experiencias estresantes  tempranas pueden producir un deterioro permanente  del equilibrio dinámico  de la regulación de la estimulación. Por tanto, personas sensibilizadas, pueden tener propensión a experimentar un deterioro de las funciones prefrontal que podría ayudarles a una integración más adecuada, de modo que la respuesta subcortical toma el control de la atención

La emoción entonces es en sí misma un proceso integrador que se produce en el córtex orbitofrontal, pero que no se puede reducir a él. La emoción se haya en el núcleo de los procesos internos e interpersonales que crean nuestra experiencia subjetiva de self.

Dicha emoción es un proceso de asignación de significado emocionalEste significado prevalece sobre el resto de funciones mentales y crean sentido en la vida.

Pareciese que de lo explicitado hasta este momento se derivase la idea de la existencia de emociones intensas, que ocasionasen una falta de regulación de las mismas. Un fracaso de maduración de las estructuras cerebrales encargadas de la integración.

Con esas emociones intensas, siguiendo nuestro trabajo, no nos estamos referiendo a traumas agudos, más bien se trata de lo que Masud Khan (citado en  Richard G. Erskine, 2001) denominó como “trauma acumulativo”, o como Lourie (citado en Erskine, 2001) describió como la acumulación de pérdidas de sintonía y de conexiones que van creando las condiciones por las cuales el niño/a se esconde más y más quedando secuestrado en su propio mundo interno, al tiempo que externamente ajusta su conducta a aquello que los otros demandan. Aunque éste último se refería al proceso esquizoide.

Kohut (ciado en Shore) propone que un yo-defectuoso y una estructura regulatoria alterada se encuentran en la base de psicopatologías formación temprana. Describe el papel de los factores ambientales específicos (la personalidad de los padres, por ejemplo, ciertos acontecimientos externos traumáticos) en la génesis de la detención del desarrollo y especula que cuando “La respuesta de la madre son manifiestamente falta de empatía y poco fiable. . . puede dar lugar a una psique sin desarrollar”

Según  Shuter y Lyons-Ruth (citado en Mosquera, Gonzalez y Van der Harth,) en la infancia, muchas amenazas percibidas provienen más de señales afectivas y de la accesibilidad del cuidador  que del nivel real de peligro físico o el riesgo para la supervivencia. Para los autores se refieren a este fenómeno como “traumas ocultos” refiriéndose a la incapacidad del cuidador para modular la desregulación afectiva.

Liotti 1999, considera que la principal consecuencia psicológica del trauma es “la ruptura de los procesos mentales de adaptación que conduce al mantenimiento de un sentido integrado de sí mismo “.

Consideramos  que toda pérdida de oportunidad de una madre para ayudar a su hijo en el proceso de regulación emocional, ocasiona en éste una inmadurez a la hora de hacer uso de la capacidad de la integración, quedando a merced de emociones que no podrá integrar y que amenazarán todo el desarrollo posterior (base de la disociación). Esto es, emociones que no han podido ser reguladas, que dejarán al individuo ante emociones encapsuladas y desconectadas de un funcionamiento mental consciente que le permite seguir manteniendo la calma en una vida que ha de seguir siendo vivida.

Shore ve en la disociación, una estrategia de supervivencia primitiva de regulación del afecto. Se entiende como una pérdida de verticalidad: conectividad entre estructuras cortical y límbicas del hemisferio derecho. De ahí que considere la psicología del self es en esencia, una psicología de las funciones únicas del cerebro derecho.

Por otra parte, el córtex orbitofrontal, la “parte pensante del cerebro emocional” es el centro de la integración y la asignación de significado emocional a las impresiones cognitivas, la asociación de las emociones con las ideas y pensamientos (Joseph, 1996).

Para Shore,  los déficit de autorregulación del hemisferio derecho se manifiestan en una capacidad limitada para modular la intensidad y la duración de los afectos, especialmente afectos primitivos como la vergüenza, la rabia, la emoción, euforia, disgusto, el terror y la desesperación. En situaciones de estrés, los estados emocionales están acompañados de abrumadoras sensaciones viscerales y somáticas.

Todos los estudios señalados reconocen el papel de las emociones intensas con capacidad para desregular un sistema. La integración no puede darse cuando emociones muy intensas “colapsan” el sistema. Pero, a estos estudios conviene añadir aquellos que nos puedan explicar qué sucede en el cerebro cuando las emociones sobrecargan al  “sistema”, pasando entonces el individuo a “desconexión subcortical”.

Sierra y Berrios 1998 estudiando el fenómeno de la despersonalización, sugiere en su estudio  que ante emociones de alta intensidad se produciría una desconexión córtico-límbica que  implicaría  una sensación de falta de sentimientos como pérdida de afecto, placer, miedo, asco a situaciones previamente evitadas. Los autores postulan la sensación de vacío como central en la experiencia.

Eckhardt y Hoffman (citados en Sierra y Berrios, 1998) sugirieron una asociación entre tales cambios en la experiencia del dolor y los comportamientos autolesivos  que se observan en algunos pacientes con despersonalización.

Phillips et al, 2001 del mismo modo, estudiando el fenómeno de la despersonalización, observó el desplazamiento emocional dentro del fenómeno de la despersonalización ante una carga emocional significativa.  Sus hallazgos indican que el núcleo del fenómeno de la despersonalización  está la ausencia de  la experiencia subjetiva de la emoción asociada con una reducción de las respuestas neuronales en regiones emociones sensibles. Hollander et al (citados en Phillips et al, 2002) interpretan esto como evidencia para una base neurobiológica común para despersonalización y el TOC, en el que se produce un aumentó frontal de  la activación.

Frewen y Lanius (2006) en su estudio sobre la neurobiología de la disociación primaria (según la división de disociación hecha por Onno van der Hart, aquella que supone), estudian cómo la amígdala hiperactivada ocasiona una incapacidad de regulación afectiva desde el momento en que se produce una menor respuesta de la corteza prefontal medial (orbitofrontal en desarrollos anteriores de este trabajo). Añaden además la reducción del funcionamiento de la corteza cingulada anterior (implicada en el control ejecutivo (con esfuerzo, intencional) de la atención  en términos de regulación de las respuestas emocional, cognitiva y autonómica.

A la hora de abordar la disociación secundaria, Van der Kolk (citado en  Frewen y Lanius, 2006) definen ésta como el “abandono” mental del cuerpo y la observación de lo que ocurre desde cierta distancia durante los momentos del trauma. Este distanciamiento psicológico saca a las personas fuera del contacto con los sentimientos. Limitando así el dolor y el distrés. En este caso no parece que exista un acuerdo en cuanto a una activación o desactivación de la corteza cingulada anterior. Aunque, para los autores se produciría una activación de dicha estructura, lo que implicaría que, al menos durante un período transitorio, la mente abandonase al cuerpo. Éste fenómenos es relacionado con la alexitimia y la despersonalización, donde los sentidos de la mente (a través de las funciones del lenguaje interno consciente mediado por el cerebro izquierdo y el razonamiento) están divididos frente al cuerpo (a través de las funciones del hemisferio derecho).

En este sentido, comprendemos que dentro de la disociación primaria, el trauma intenso genera una emoción con alta capacidad para disociarse, generando emociones, que de ser activadas, inundarían al individuo como ocurre en el Trastorno de Estrés Postraumático. En este caso la disociación de las emociones sería mayor en el sentido de un mayor encapsulamiento emocional. En disociación secundaria se pone en marcha un mecanismo cortical ante la presencia emocional que no permite al sujeto una integración óptima, dejándole a merced de emociones intensas, o bien pasando a un funcionamiento más cortical y racional, sin conocimiento emocional. Comprendemos ambos fenómenos cualitativamente similares y cuantitativamente diferentes. La disociación secundaria estaría más en consonancia con el hilo argumental que seguimos para comprender la psicopatología de la personalidad.

Con respecto a la disociación terciaria, parece que no existen estudios actuales sobre el fenómeno, simplemente se presupone una implicación más compleja del cerebro.

Añadido a lo anterior, Shore (2001) especula que la activación del complejo vagal dorsal en la médula puede aumentar dramáticamente en el estado disociativo dando lugar a una disminución de la tensión arterial y la frecuencia cardíaca, a pesar del aumento de la adrenalina circundante).

Una desregulación emocional será la consecuencia de una falta de integración en estructuras orbitofrontales. Para Gallagher y Frith, Ochsner, Knierim, Ludlow, et al (citados en Frewen y Lanius,2006) la corteza prefontal medial  estaría activada durante el pensamiento autorreflexivo  y cuando los individuos están en un estado de calma y tranquilidad (Gusnard, Akbudak, Shulman et al).

Volvemos a Siegel (2007) para resumir cómo según el autor  el  hemisferio derecho responde de forma emocional, holística, no verbal, intuitiva, relacional y receptiva. Tiene densas conexiones con el sistema límbico y el cuerpo, en particular la amigdala y el SNA, responde a la experiencia de manera visceral (de dentro a afuera). Capta e integra como un conjunto el contexto completo, las partes en su integración más que en aislamiento. Es el sustrato neuronal del yo reflexivo.

Shore  describe del mismo modo una estructura superficial,  verbal, consciente, analítica explícita, frente a una más profunda no verbal, no-consciente, holístico, emocional y corporal. Estos dos sistemas lateralizadas contienen cualitativamente diferentes formas de conocimiento y por lo tanto dos formas de saber. La intuición implicaría claramente el hemisferio derecho y no el izquierdo.

En conclusión, diremos que emociones no reguladas quedarían “marcadas” impidiendo la adecuada integración de las mismas generando un efecto en el significado cognitivo-emocional. Si las emociones en un momento determinado fuesen demasiado intensas, el sistema pasaría a “desconectarse”, obligando al cerebro a tomar un control racional desprovisto de las emociones que lo originaron, o bien seguiría emocionado. Del mismo modo, el cerebro derecho perdería su función holística y sintética para pasar a ser analítico o excesivamente emocional y generalizador.

Si el funcionamiento óptimo implica estructuras conectadas de abajo a arriba y de derecha a izquierda, la disfunción, la desregulación emocional, implicaría un “secuestro emocional” que dejaría al sujeto a merced de emociones intensas que pasarían, en una suerte de regulación, a un funcionamiento racional y analítico, más propio del cerebro izquierdo.

En conjunto, diremos que se encuentran fisiológicamente sentadas las bases del origen  de una desregulación emocional.

Clínica de Psicoterapia y Personalidad Persum

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