En el DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) los trastornos se agrupan en función de un modelo multiaxial. Multiaxial significa varios ejes. Este modelo agrupa los distintos síntomas y características de la personalidad de un paciente para definir un cuadro que refleje su patrón completo de funcionamiento. El modelo multiaxial se divide en 5 ejes.

Veamos un ejemplo práctico para entender cómo se relacionan estos ejes.

El Señor X acude a consulta muy ansioso, con preocupación constante e irritabilidad. Le cuesta concentrarse, duerme mal y siente tensión muscular. Además, se encuentra triste y desanimado, sin energía y con sentimientos de desesperanza. Estos trastornos del Eje I son el motivo por el que decide buscar ayuda.

Tras la evaluación, se identifican rasgos de personalidad relevantes. Se percibe como inepto e indeseable, cree que los demás son superiores y le criticarán, y teme decepcionar a quienes le rodean. Por ello prefiere el aislamiento, evita el contacto social y, cuando se relaciona, se esfuerza en ser perfecto y complacer a todos.
La personalidad evitativa del Señor X le predispone a los síntomas de ansiedad y depresión.
Antes de una entrevista de trabajo puede pensar: «Mi currículum les parecerá insignificante, seguro que hay candidatos mejores», lo que le genera ansiedad. Antes de una fiesta puede pensar: «Se darán cuenta de lo soso que soy y me despreciarán», y preferirá quedarse en casa.
Por tanto, cada estilo de personalidad es también un estilo de afrontamiento, y la personalidad se convierte en un principio organizador fundamental para entender la psicopatología.
Al unir todas las piezas —los estresores psicosociales, las características de la personalidad y los síntomas actuales— se obtiene una visión compleja, pero lógica de la persona.

Una personalidad con rasgos poco adaptativos es más vulnerable. Incluso estresores leves pueden precipitar un trastorno del Eje I. Si la persona padece un Trastorno Evitativo, acudir a una entrevista de trabajo puede desatar una gran ansiedad.
Cuando la personalidad incluye rasgos más adaptativos, aumenta la capacidad de afrontar adversidades como una pérdida o un divorcio.
En este sentido, la personalidad funciona como el equivalente psicológico del sistema inmunitario. Veamos el siguiente ejemplo:

Todos vivimos rodeados de bacterias potencialmente infecciosas. La fortaleza de nuestras defensas determina si esos microbios nos afectan y provocan enfermedad. Los sistemas inmunitarios vigorosos contraatacan con facilidad. La debilitación de los procesos inmunitarios, en cambio, conlleva la aparición de la enfermedad.
La psicopatología sigue el mismo patrón interactivo. No son las defensas inmunitarias, sino el patrón global de personalidad —las habilidades de afrontamiento y la flexibilidad adaptativa— lo que determina si respondemos de forma adecuada o sucumbimos ante las situaciones.
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