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Reparación de los desencuentros con los adolescentes

Publicado el 25/08/2021
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Por Esther Blanco , última actualización el 25/08/2021
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Hay pocas cosas sobre las que tenemos certeza en la vida: una de ellas es que nos equivocaremos, y otra es que vamos a lastimar a la gente cuando lo hagamos. Sin embargo, cuando esto ocurra, nos encontraremos con una oportunidad extraordinaria para activar un mecanismo crítico del desarrollo normal de la mentalización y la confianza, y a la vez un ingrediente activo en la psicoterapia efectiva: la reparación. 

Esta reparación requiere mentalización para romper los círculos viciosos de conductas en los que a veces entramos. En el caso de los adolescentes que forman parte del espectro límite-narcisista, estos ciclos comienzan cuando el adolescente es lastimado; es entonces cuando responde defensivamente, y esto evoca una respuesta defensiva en el otro, lo cual refuerza la defensividad del adolescente… y así sucesivamente.

Pero la posibilidad de romper este ciclo vicioso a través de la reparación activa, a su vez, la confianza, que es la llave que abre el camino a la resiliencia y al crecimiento, proporcionado el acceso al adolescente a aprender socialmente, a aprender la reciprocidad, a co-mentalizar. 

¿Qué es mentalizar?

Mentalizar lo conforman las habilidades y actitudes que nos ayudan a ponernos en los zapatos del otro y al mismo tiempo dar un pasito para atrás e imaginarnos representados a nosotros mismos y el impacto que tenemos en nosotros y en los demás.

No depende de una manera de procesar en particular, sino que mentalizar consiste en  mantener un balance entre los tres modos mentales que nos acusan:

  • La equivalencia psíquica (que las cosas de verdad se sientan reales, pero que nuestros pensamientos no se traduzcan literalmente en nuestras emociones)
  • El modo teleológico (para que las cosas se hagan, pero que no todo lo que hagamos tenga como fin conseguir algo)
  • El modo “como-si” (para generar nuevas ideas y posibilidades, pero sin fusionarnos con la situación).

Este balance depende no solo de nuestros modos de procesamiento, sino cómo estos modos de procesamiento se integran/disocian. Cierta cantidad de disociación es necesaria para refrescar y actualizar los contenidos mentales. Si conseguimos este balance, tendremos una actitud relajada, segura, abierta, curiosa, interesada, respetuosa, tolerante de no saber, con buen humor, dispuesta a confiar, sintiéndose activa, en control, responsable. 

Pero volviendo al tema inicial,

¿Cómo reparamos con los adolescentes un desencuentro?

Está claro que este balance para ellos es muy difícil, y lo es especialmente para aquellos que están en el espectro hiperactivación-desactivación, ya que son muy vulnerables a disociar, pasando de un estado a otro. 

El adolescente necesita lo que todos necesitamos: un contexto de apego, que sirva como un andamiaje mentalizador, pero que no solo nos apoye como hace un andamio en un edificio en construcción, sino que nos demuestre:

“¡Mira lo que hago para reparar!

¡Mira lo que hago cuando mentalizo, cuyo resultado es que tú te sientas escuchado y reconocido, sentido, validado, respetado, entendido!”.

Es importante que esta demostración sea proporcionada por los padres, por lo que los terapeutas, en primer estancia, deben proporcionar este andamiaje mentalizador a ellos, para que tengan la experiencia de ser escuchados, entendidos y mentalizados, y con ello puedan participar en ofrecer este andamiaje a sus adolescentes.

Es importante que definamos bien el apego. El apego es un patrón de respuesta física y emocional que está incluido en nuestro código genético y es activado automáticamente por el miedo y las amenazas a nuestra supervivencia (desde los tigres que nos pueden comer hasta el hambre que nos podría matar); siendo más específicos, el apego se activa ante estímulos codificados por la evolución como amenazantes para nuestra supervivencia. Los estímulos activan una respuesta defensiva en la que predominará más o menos la angustia (huida), la rabia (lucha, agresión) o la disociación (desactivación, evitamiento).

Si nos referimos a adolescentes con características narcisistas, es comprensible entonces su respuesta cuando sienten una amenaza ante sus vulnerabilidades, ya que lo sienten como un ataque peligroso hacia su propio self, una amenaza a su supervivencia. 

La activación de la respuesta de alarma automáticamente activa el apego, que ha evolucionado como una capacidad de enviar señales que evocan proximidad, protección y regulación en los padres. La respuesta protectora y reguladora de los padres elimina la amenaza a la supervivencia y desactiva la respuesta de alarma en el cerebro del bebé, tranquilizando su cerebro estresado. Una vez que esa regulación sea completada, automáticamente se activa la disposición a desactivar, a enfocarnos en el medio ambiente, a explorar, a conocer.

El apego evoluciona, y es en la adolescencia donde el apego y otras disposiciones importantes, como la sexualidad y la crianza, serán mentalizadas, y esto nos lleva al amor maduro: el apego mentalizado, que alcanza el balance entre la relación-intimidad y el respeto-autonomía.

Sin embargo,

¿Cómo empieza este proceso mentalizador en la infancia?

A través de la búsqueda de una respuesta sincrónica (tiempo) y sintónica (afecto), es decir: recibir el mismo afecto en respuesta inmediata a mi señal.  Esto quiere decir que el niño identifica, leyendo los ojos de su padre, la sincronía con lo que siente, la equivalencia psíquica, que ha logrado evocar una sensación visceral en el bebé y pretende evocarla en su cuidador. Los padres realizan una imitación inconsciente de los movimientos faciales del bebé a través de sus neuronas espejo, lo cual va a crear el estado de co-mentalización, de simulación empática entre padre e hijo.

Y, ¿cómo funciona? Cuando estamos estresados, se activa la equivalencia psíquica dirigida a crear una simulación visceral en el otro, la identificación proyectiva. Cuando me siento entendido, cuando el estrés baja, la dirección cambia: iría de fuera hacia dentro, la identificación introyectiva que es el prototipo de la confianza epistémica, tomar lo del otro y llevarlo hacia dentro de uno mismo.
Dos redes neuronales son activadas durante la equivalencia psíquica: una, la de la recompensa placer (dopamina, oxitocina, beta endorfina, liberadas en la amígdala, el núcleo accumbens, la ínsula y el núcleo caudado) y la otra es una red de atención y empatía (que incluye el sistema de neuronas de espejo, la corteza parietal, el área asociativa visual, y la fisura temporal superior). Todo esto se expresa fenotípicamente en el apego seguro, en ese sentido interno, visceral (no representacional, no consciente), de creer que somos efectivos ya que podemos asegurar nuestra supervivencia al saber evocar respuestas en nuestras figuras de apego.

Por tanto, lo que está codificado como “supervivencia” es la capacidad de evocar una respuesta en el otro. La vulnerabilidad narcisista fundamental que todos compartimos es que nuestra supervivencia reciba nuestra señal y responda a ella. Por tanto, la ausencia de respuesta (negligencia), supondría una amenaza a la supervivencia, generando una impotencia social, conformando la esencia del trauma. El afecto prototípico sería la vergüenza, el sentido de que algo en mí no es efectivo, está mal, no merece ser respondido. El miedo produce temor a la oscuridad, a estar solo, y activa el apego. La vergüenza, el temor a ser visto, desactiva el apego. Este patrón defensivo de evitación lo vemos en el apego inseguro evitador, donde no prestamos atención a la figura de apego y tampoco a nuestro propio cuerpo, a nuestra propia experiencia visceral de miedo, de necesidad, de dependencia. En contraste tendríamos el apego inseguro/resistente, que exagera el apego, hiperactiva el apego, quizá como respuesta a figuras de apego inconsistentes; entonces, el niño se pregunta si aumentando el volumen, logrará que el otro responda. 

Estas dos estrategias defensivas buscan la certeza, buscan eliminar esa vulnerabilidad narcisista de no saber. Cuando no se puede lograr esa certeza, tenemos el patrón de apego desorganizado, uno de los antecedentes básicos de los trastornos límite, donde alterna la hiperactivación y la desactivación

No hay balance en esa defensividad automática. Ese balance se encontrará a través de la mentalización y de la confianza epistémica. Ese cambio requiere un contexto de apego que no sea sólo sintónico y sincrónico (que responda en tiempo y con el mismo afecto), sino que también responda de forma mentalizada, dando ese pasito para atrás que haga que la respuesta de la madre no sea llorar cuando el bebé llora, sino representar la experiencia del bebé:

“Ay, mi niño, ¿tienes mucha hambre?”

Involucrando al mismo tiempo las redes neuronales mencionadas anteriormente (involucradas en la equivalencia psíquica) junto con la red de modulación emocional cognitiva (la red de la mentalización, que la forman la red de la modulación emocional cognitiva: la corteza prefrontal, la corteza del cíngulo anterior y corteza dorso-medial pre-frontal) y la conexión entre ambas.

Una madre normalmente  falla 2 veces de cada 3. En ritmo de fallos pero de mantener la actitud mentalizadora de apertura, respeto y juego, cuando la madre consigue atinar, se crea la reparación, que es la señal epigenética que baja la defensividad y activa la confianza epistémica. Activa así la maduración de la corteza prefrontal media y el cíngulo inferior, que tienen la capacidad de frenar la actividad límbica y la equivalencia psíquica, y el control de la atención. Al frenarse la equivalencia psíquica, el niño entiende que lo que él ve es una perspectiva de lo que está ocurriendo, y puede pretender (jugando a) sentir lo que imagina que el otro siente, pero que no lo está sintiendo tal cual.

La mentalización “cubre” los “huecos” no mentalizados, creando una ilusión de coherencia. El estrés, genérico o específico, desactiva la mentalización y genera un estado de incoherencia del self, el llamado self-alienado. Cuando estos aspectos son activados, evocan una respuesta defensiva, que sólo logramos balancear a través de la activación de una confianza epistémica. 

A los 4 años comienza en los niños a lograrse ese balance entre la mentalización automática (equivalencia psíquica, visceral) y la mentalización controlada (“como sí”, representacional), que tal fácilmente se pierde. Un aspecto importante para evaluar es encontrar el punto en el cual la activación del estrés o del apego van a causar esa disociación entre la equivalencia psíquica y el modo como-sí. Entonces, es importante evaluar cómo cambia ese punto de disociación dependiendo de las estrategias de apego. 

 

En la adolescencia, entre los 12 y los 25 años, hay un proceso de poda de las redes neuronales existentes y una progresiva mielinización. La “poda” ocurre en los circuitos de la mentalización (corteza pre-frontal y témporo-parietal). La supervivencia de redes neuronales depende del uso de redes específicas. Las hormonas sexuales aumentan el número y la intensidad de respuesta de los receptores de la oxitocina. Por tanto, se produce por un lado la pérdida de control (la poda de la corteza prefrontal) y la intensificación de la respuesta de apego.

 

Resumen de la ponencia «Aplicación de la MBT en adolescentes con trastorno de personalidad en el espectro de la hiperactivación (limítrofe) a la desactivación (narcisista) del apego» en el XIII Congreso de Trastornos de la Personalidad

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